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Relaciones peligrosas para irritar a EE.UU.

La asociación con líderes muy cuestionados, como Kadhafi y Ahmadinejad, consolidó su imagen en África y en países árabes. Su liderazgo regional, sin embargo, fue opacado por el de Lula. Fotos y Video.

06 de marzo de 2013 a las 12:01 a. m.
Relaciones peligrosas para irritar a EE.UU.
Irán, el paria internacional. Sin dudas, el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, fue su aliado más objetado, tanto en su propio país como en el exterior (AP/Archivo).

La política exterior de Hugo Chávez obedeció a la misma dinámica que lo llevó al poder en 1998. Si una legítima ola de indignación contra el establishment partidario venezolano lo hizo presidente, el repudio a otro poder fue su caballo de batalla para construir lo que, esperaba, fuera un liderazgo personal regional indiscutido.

Como en otros populismos de la región, la necesidad de enemigos internos y externos surge como contrapeso a la idea (equivocada o no) de que los índices de la realidad no son lo suficientemente impactantes como propaganda.

Esto no significa negar sus logros como presidente, sino poner en perspectiva una estrategia. Cambios verdaderamente revolucionarios como el de Brasil al incorporar de más de 30 millones de personas a la nueva clase media implican tiempo y gestión de políticas de Estado que se mantienen a lo largo de décadas (ver La vida política de Chávez en fotos).

Chávez no estaba dispuesto a esperar tanto y eligió otra modalidad de gobierno, marcada por la comunicación directa con su pueblo y anuncios impactantes.

En su búsqueda del enemigo que sirviera a ese estilo y que funcionara a la vez como factor aglutinante, Chávez eligió al más fácil: Estados Unidos. Lo ayudó el gobierno de George W. Bush, uno de los personajes más odiados de la política internacional.

Sin dejar de proveerlo de petróleo (Estados Unidos es su principal comprador), buscó irritarlo acercándose a los peores enemigos de su enemigo: Cuba, Rusia, China, la Libia de Kadhafi, Irán.

Con Cuba lo unían afinidades ideológicas. Con Rusia y China, militares y comerciales, respectivamente. Con Kadhafi existían intereses estratégicos relacionados con el petróleo y cierta afinidad política también. Irán es un caso aparte.

Pareja desigual. Salvo la enemistad común hacia Estados Unidos, no había ni hay ninguna similitud entre la democracia venezolana y la teocracia iraní.

Para empezar, Chávez ganó en elecciones limpias, mientras que el presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, surgió de una lista votada por el pueblo, pero filtrada previamente por el Consejo de Clérigos. La democracia iraní está manchada por la tutela clerical. Ahmadinejad es el presidente del establishment religioso iraní.

Para sumar diferencias, en Irán no existe libertad ideológica ni religiosa, el gobierno niega el Holocausto, condena a muerte a los homosexuales y encarcela a militantes comunistas por el sólo hecho de serlo. Las mujeres están relegadas a un segundo plano social y se les limita desde el derecho a vestirse como deseen hasta el acceso a ciertas carreras universitarias.

Para Chávez fue más importante molestar a Estados Unidos que solidarizarse con Argentina –tan apreciada en los discursos– y reclamar, como muchos otros países, el esclarecimiento del ataque contra la Amia en 1994.

Tal como lo revelara recientemente una serie de notas de investigación del diario El Nacional , los venezolanos no se han visto muy beneficiados por los negocios con Irán. Proyectos de fábricas de bicicletas, autos y tractores quedaron en la nada, o en esqueletos de hormigón que nunca se completaron, a pesar de transferencias millonarias de Caracas a Teherán. A cambio de eso, Irán obtiene el petróleo que necesita (a pesar de ser un gran productor, importa el 40 por ciento de lo que consume) y una puerta de entrada a América latina.

El politólogo cordobés Daniel Zovatto explica el fenómeno de la siguiente manera: “Una de las particularidades de la política exterior de Chávez, orientada a enfrentar a Estados Unidos como principal rival, fue que diversificó las relaciones internacionales de Venezuela. Pudo permitirse esto por varias razones. En primer lugar, porque llenó un vacío que Brasil, hasta Lula, no ocupaba. En segundo lugar, porque México, durante los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón se había retirado del juego. Asimismo, Cuba seguía su declive como líder de la retórica antiimperialista y antinorteamericana. Por último, pero no menos importante: contaba con el poder de los petrodólares”.

Zovatto considera que esta estrategia fue armada por Chávez para sí mismo, porque antes de su enfermedad planeaba quedarse décadas en el poder. Sin embargo, apunta que esa misma política ya había sido aplicada durante las presidencias de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campins en Centroamérica y el Caribe. “La diferencia es que le ha agregado otros actores en un escenario de globalización diferente al del siglo pasado”, señala.

Chávez se hizo fuerte en Centroamérica y el Caribe en momentos en que el alto precio de los combustibles desequilibraban las economías de los países de esa región. Los más beneficiados fueron Cuba, Nicaragua y Haití.

Esta misma estrategia lo llevó a tratar su enfermedad no en un país que le garantizara excelencia profesional en la especialidad, como Brasil, sino en el que le asegurara secretismo y máxima seguridad contra sus enemigos: Cuba. Toda una declaración de principios sobre la vida y la política.

La fuerza del petróleo

Venezuela exporta a Irán crudo a “precio antiimperialista”. Teherán produce, pero tiene una industria del refinado muy débil y de allí su necesidad de importar. El petróleo también ha sido un factor determinante en las relaciones de la Venezuela de Chávez con países centroamericanos y del Caribe.