Los recuerdos del hombre que fotografió su papado
“Los he ido a buscar y ustedes me han encontrado. Gracias por venir”.
"Los he ido a buscar y ustedes me han encontrado. Gracias por venir".Esta frase se publica en toda Roma, en todos los idiomas, junto a la imagen que muestra a Juan Pablo II alzando a un niño envuelto en pañales.Es verdad que, como buen pastor, salió a buscar a todos sin distinción de credos, razas, color ni ideologías. Y esa búsqueda se tradujo en sus 107 viajes por el mundo, por los cinco continentes, donde desplegó toda la grandeza de su humanidad, adaptando su mensaje a cada lugar, en el idioma o dialecto de cada cultura.La magnanimidad de su condición humana lo hizo capaz de afrontar el dolor en el atentado de Ali Agca, en mayo de 1981, y la enfermedad del cáncer de colon y el Parkinson, al final de su vida.Y, por otra parte, se alegró y gozó al compartir, con millones de jóvenes de todo el mundo, los encuentros mundiales de la Juventud.Benedicto XVI lo definió con una frase: "Juan Pablo II, el Grande". Esa grandeza lo llevó al encuentro de quien lo quiso asesinar, para ofrecerle su perdón.A lo largo de sus 26 años de pontificado, lo acompañó su fotógrafo personal, Arturo Mari, quien ha retratado al Papa más de un millón de veces con su cámara. Ahora, lo hace con palabras: "Seis horas antes de que muriera, su secretario personal me llamó pidiéndome si podía ir urgentemente a los aposentos de Su Santidad. Yo, sinceramente, no comprendía nada. Me encontraba sorprendido, pero acepté de todos modos la invitación que me hizo monseñor Stanislaw Dziwisz. Ya en la habitación del Papa, Dziwisz le dice: 'Santo Padre, Arturo está aquí'. En ese momento, Juan Pablo II alzó su mirada y encontró la mía. Me arrodillé, me bendijo y me dijo: 'Arturo, gracias...' Creo que nunca he conocido a un hombre más humilde que Juan Pablo II".Pero Mari también nos deja una foto final, que habla del peso espiritual y pastoral de Juan Pablo II: "Raisa y su marido, Mijail Gorbachov, llegaron al Vaticano en una visita oficial. Ella era muy bonita. Cuando se iban, el Papa le regaló a Raisa un rosario. Tiempo después, Gorbachov, que no era creyente, llamó a Juan Pablo para pedirle que rezara por su esposa, que estaba enferma. Raisa murió, Gorbachov volvió al Vaticano con su hija, también llamada Raisa. Y, al despedirse, la joven le dijo que desde el primer día en que su madre lo conoció, le cambió la vida; que su madre nunca dejó de rezar el rosario y que ella hacía lo mismo. Las dos habían abrazado el credo".

