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La receta yemení para el cambio

El año pasado la revuelta popular puso a Yemen al borde de la guerra civil. Ángeles Espinosa.

26 de julio de 2012 a las 12:01 a. m.
Ángeles Espinosa (El País, de Madrid)
La receta yemení para el cambio

El año pasado la revuelta popular puso a Yemen al borde de la guerra civil. A pesar de su fragilidad como Estado, de su pobreza y de ser el segundo país con mayor número de armas de fuego per cápita, un acuerdo apadrinado por sus vecinos logró reconducir esa realidad hacia una transición política, todo lo imperfecta que se quiera, pero pacífica al fin y al cabo. ¿Valdría su ejemplo para Siria? La pregunta ronda la mente de analistas y diplomáticos desde hace meses. La Liga Árabe llegó a considerar esa posibilidad en enero. Algunas fuentes aseguraban que era la alternativa en la que Rusia trabajaba con discreción.A la obligada salvaguarda de que no hay dos países iguales, sigue preguntarse cuál fue la clave que garantizó que Ali Abdullah Saleh abandonara la presidencia por las buenas, tras 33 años en el poder.El eje de la Iniciativa del Golfo fue la garantía de inmunidad que ofreció a Saleh, para él, su familia y sus colaboradores, en total 80 personas. Implícito estaba que el proceso respetaría la dignidad del mandatario, que no habría un gesto humillante de renuncia, algo importante en una sociedad tribal donde el honor es un valor irrenunciable.El acuerdo apadrinado por los seis miembros del Consejo de Cooperación del Golfo no era muy diferente del plan diseñado por la embajada estadounidense en Sana. Pero le exoneraba de responsabilidades penales una vez que dejara el poder. Saleh había rechazado la propuesta norteamericana, temeroso del largo brazo del Tribunal Penal Internacional y preocupado por el futuro de su hijo Ahmed y de sus sobrinos, todos ellos figuras clave en el control de las fuerzas de seguridad. Traspaso de poder. Para asegurar ese proceso se estableció que el presidente delegara sus poderes ejecutivos en el vicepresidente, Abd Rabbuh Mansur al Hadi, una vez que el Parlamento aprobara la prometida ley de inmunidad. Dos meses más tarde se celebrarían elecciones con un solo candidato, el ya presidente en funciones Al Hadi, con el compromiso de formar un gobierno de unidad e iniciar un diálogo para redactar la nueva Constitución. La fórmula contó con la aceptación de los partidos opositores, que, a diferencia de Siria, mantenían su independencia del partido oficialista y presencia parlamentaria. Pero sobre todo, con el apoyo unánime de los países de cuya ayuda financiera y militar depende Yemen: Estados Unidos y Arabia Saudita.La coordinación de ambos fue esencial en lograr que Saleh y sus rivales aceptaran. Pesó también la división del ejército y las tribus a lo largo de las mismas líneas que el resto de la sociedad, lo que convenció a ambos lados de que ninguno podía ganar.Se impuso el posibilismo y la mayoría de los yemeníes respiraron tranquilos convencidos de que se había evitado un nuevo conflicto fratricida. Sin embargo, la salida alienó a los jóvenes revolucionarios que impulsaron la protesta en primer lugar y con los que no se contó para el acuerdo. Muchos aún acampan en señal de desacuerdo y piden que se juzgue a Saleh y un cambio de todo el sistema político. Para ellos, los partidos tradicionales son la otra cara de la misma moneda.El precio pagado es que Saleh mantiene el control más o menos directo de parte del ejército y no renuncia a hacer declaraciones políticas que alientan la idea de que regresará dentro de dos años, cuando se convoquen elecciones.Incluso quienes apoyaron su inmunidad reconocen que la transición no será completa mientras el ex mandatario no abandone Yemen de forma definitiva, algo complicado porque varios países consultados en su momento se negaron a acogerlo. Estados Unidos le concedió a finales de junio un visado por razones médicas, aunque no está claro cuánto tiempo va a prolongarse su estancia allí.