Los que volvieron sin irse
Si la debacle del Psoe es atribuible a la crisis y a los planes de ajuste puestos en marcha por Zapatero, el PP debiera haber corrido la misma suerte o sufrido, al menos, daños colaterales. Marcelo Taborda.
Por más que algunos voceros pretendieron, después de los comicios del domingo, relativizar el impacto de los resultados en el espíritu colectivo de la Puerta del Sol y otras emblemáticas plazas de España, la victoria aplastante de la derecha en las urnas pareció convertir el grito mudo de los "indignados" en el silencio impotente de los desilusionados. Y es que hubo más que un contrasentido entre, por un lado, los discursos sin banderías contra la vieja clase política y las protestas contra los banqueros y financistas que ganaron las calles españolas el 15 de mayo; y por el otro, el mensaje dado por las urnas siete días después.Se esperaba que el descontento de miles de jóvenes desocupados y con futuro incierto, o de jubilados o mayores condenados al desempleo y con las ayudas sociales ya recortadas, tuviera su correlato exacto en los números de las elecciones municipales y regionales. Pero ello sucedió sólo de manera parcial. ¿Acaso se había sobredimensionado la representatividad de un 15-M al que algunos comenzaban a considerar la versión española del mayo que revolucionó Francia hace más de cuatro décadas? Está claro que el clima de protesta y la "indignación" contra el bipartidismo no pasó las mismas facturas a los socialistas y los conservadores. Para el Psoe del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, la sangría de votos y las palizas sufridas en algunas ciudades tal vez hallen explicación en los cómputos definitivos de la elección.Esos números indican que el voto de protesta estableció un récord en la península, con 584.012 sufragios en blanco y 389.506 nulos, los que, sumados, implican un 4,24 por ciento del electorado que ejerció su derecho cívico.En algunas ciudades, como Barcelona, la suma de nulos y en blanco trepó al 6,51 por ciento. Con 973.518 sufragios a nivel nacional, si el "voto protesta" se hubiera canalizado en una agrupación, ésta hubiese sido la cuarta fuerza, después del socialismo, el Partido Popular (PP) y la Izquierda Unida (IU). Muchos votos fueron capitalizados por fuerzas menores.Desde esa perspectiva, los actores sociales de Puerta del Sol, Plaza Cataluña y otros puntos de España podrían concluir que sus mensajes tuvieron eco. También si se miden los índices de abstención, que bajaron a partir de las consignas de más participación y "democracia real" que se agitaban al ruido de las cacerolas.Pero si se toman resultados como los de Castilla-La Mancha o Extremadura, con índices de participación superiores al 76 por ciento, donde el PP fue la fuerza más votada, comienzan a aparecer las paradojas. Lo mismo ocurre si se husmea entre los sufragios de Valencia, donde a pesar de las imputaciones de corrupción en su contra por el llamado caso Gürtel, el abanderado del PP, Francisco Camps, volvió a cantar victoria. ¿Y el castigo a los corruptos? ¿Y la depuración? Por otro lado, si la debacle del Psoe es atribuible a la crisis y a los planes de ajuste puestos en marcha por Zapatero, el PP debería haber corrido la misma suerte o sufrido, al menos, daños colaterales. Su líder, Mariano Rajoy, hoy primero en la línea sucesoria, avaló los recortes de su rival y sólo discrepó en que debió aplicarlos antes.Si el 15-M fue comparado con el "que se vayan todos" de la Argentina de 2001 y se miran los resultados del 22-M, podría decirse que muchos dirigentes volvieron antes de tiempo, incluso antes de haberse marchado.

