Orgullosos de que les pintaran los dedos
Recorrer ayer las calles de Caracas permitía constatar el índice de participación. O, mejor dicho, el “meñique” de participación.
Y es que este enviado pudo comprobar que la tinta con que pintaban el dedo menor de los votantes era realmente indeleble. Los ciudadanos no ocultaban su meñique pintado y hasta diría que lo lucían con orgullo.
Pero la tinta en el dedo era el último paso de los seis que incluía el sistema de votación, graficado como una herradura, y que el elector debía recorrer para emitir su sufragio.
Primero, el votante venezolano presentaba su cédula, que ya no se busca en listados de papel, sino informatizados.
Luego, pasaba a la mesa y ponía sus dos pulgares en la “máquina capta-huellas” dactilares, y aparecían registrados sus datos.
En el paso siguiente, el votante pasaba al llamado “cubículo”, donde estaba el “tarjetón” con las fotos de cada candidato. Tocando el candidato elegido, su imagen se proyectaba en la pantalla allí colocada y, al confirmar su preferencia, el ciudadano ratificaba su opción.
A renglón seguido, la máquina entregaba al elector un comprobante de su decisión, que este depositaba en la urna o caja de resguardo.
Después, cada elector pasaba ante la autoridad de mesa encargada del cuaderno de votación, en el que estampaba su firma y huella dactilar luego de un nuevo control de su cédula.
Y, finalmente, otra autoridad de la votación impregnaba el meñique de la mano izquierda con la tinta indeleble que certificaba que esa persona había ejercido su derecho, ya que el voto no es obligación.
Todo el proceso, que puede parecer tedioso, garantizaba varias instancias de control y, según le dijeron muchos votantes a este diario, no demoraba más de cinco a siete minutos.

