Un Nobel desconcertante
Resulta legítimo preguntarse si el premio es oportuno, dada la extraordinaria crisis que atraviesa Europa, con la violencia que eso implica. Alejandra Conti.
A veces los premios Nobel resultan sorprendentes. No porque los premiados sean desconocidos, sino precisamente porque los conocemos.
Pasó con el Nobel de la Paz a Barack Obama en 2009 y sucedió nuevamente el viernes con el anuncio de que la Unión Europea (UE) es la premiada este año.
En este último caso, el premio amerita, según la Academia sueca, “por los 60 años de trabajo por el progreso de la paz en Europa”. El comité Nobel apunta que la Unión logró convertir un continente de guerra en un continente de paz y promovió la democracia en los países del Este tras la caída del Muro de Berlín.
Así y todo, es legítimo cuestionar por qué el premio no fue a una persona o grupo de merecimiento indudable, a quien ayudarían enormemente el dinero, el prestigio y la visibilidad que da un Nobel.
También resulta legítimo preguntarse si el premio es oportuno, dada la extraordinaria crisis que atraviesa Europa, con la violencia que eso implica y, sobre todo, su papel en las guerras en Afganistán e Irak.
Pero, como la realidad política no es nunca lineal, hay que ver los diferentes aspectos de la situación.
Por un lado, es cierto que la UE encarna un ideal de integración, democracia, prosperidad y libertades políticas y personales que no ha podido ser igualado en otras regiones. El continente que fue escenario principal de la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar al nazismo y a los campos de concentración, hoy es, y a pesar de todo, un ejemplo de convivencia pacífica y democrática entre todos sus miembros. Esto es producto de un trabajo empeñoso y de una convicción común sobre el valor de la diplomacia. También, de la conciencia de que la paz y el desarrollo favorecen a los negocios.
Entre sus méritos se cuentan haber incluido a España, Portugal y Grecia en los ’80 (cuando era la Comunidad Económica Europea), a pesar de que estos países apenas habían salido de las dictaduras que los gobernaron. Con todos los defectos de ese proceso, fue un innegable aporte a la democratización del sur europeo. La próxima inclusión de Croacia (en 2013) y las aspiraciones de Turquía de pasar a integrar la Unión también implican un avance de los derechos humanos en la región.
Entre los puntos negativos, salta a la vista como primer argumento que países que integran la UE participaron y aún participan en las guerras de la Casa Blanca en Irak y Afganistán.
En segundo lugar, la intervención europea en la guerra en Bosnia fue tardía e insuficiente, lo que permitió crímenes de lesa humanidad como la llamada limpieza étnica y la matanza de Srebrenica, entre otros.
En tercer lugar, las políticas antiinmigratorias de algunos de sus miembros están muy lejos de lo que se considera aceptable en materia de derechos humanos, por no hablar de medidas de dudosa justicia hacia minorías étnicas como los gitanos.
En cuarto lugar, la Primavera Árabe demostró la complicidad de Europa con las autocracias árabes y musulmanas.
También hay que considerar la oportunidad y el momento del anuncio del Premio Nobel.
La crisis, en términos generales, expone las más graves debilidades de Europa, empezando por las dudas que se ciernen sobre la unidad monetaria y por la conveniencia de mantener los lazos políticos. Se puede decir que este es el peor momento que atraviesa la UE desde su creación.
En estos días, lo que sucede en Grecia está lejos de ser ejemplo de paz social. No se trata de consideraciones abstractas. La crisis económica que padece ese país, en parte por el mal manejo de la Unión, en parte por la propia responsabilidad de los griegos, le arruina la vida a la gente, a personas con nombre y apellido que se ven empobrecidas, castigadas con un durísimo ajuste y, en muchos casos, obligadas a emigrar.
Entonces, ¿por qué el Premio Nobel de la Paz en este momento? Por la necesidad de dar un fuerte mensaje a favor de la importancia de la unidad y la supervivencia de Europa como organización supranacional.
La analista alemana Ulrike Guerot, del Consejo Europeo para las Relaciones Exteriores, le recordaba el viernes a la BBC que el continente no registraba un período de 60 años de paz desde 1410.
Europa, una vez más, se mira a sí misma. No está mal que así sea, pero se trata de necesidades propias, no de altruismo.

