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De los misiles humanitarios a la disputa por el reparto

Los pruritos que París, Londres o Washington tuvieron hace cinco meses se perdieron en medio de la euforia. Marcelo Taborda.

24 de agosto de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
De los misiles humanitarios a la disputa por el reparto

E l 17 de marzo pasado, con el apoyo de 10 de sus miembros y las abstenciones de China, Rusia, India, Alemania y Brasil, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó la resolución 1.973, que facultaba a "tomar todas las medidas necesarias" en Libia "para proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataques". El texto, lo suficientemente ambiguo como para permitir un amplio espectro de interesadas interpretaciones, daba una vuelta de tuerca a otra resolución (la 1.970) aprobada el 26 de febrero, unos 10 días después de que detonaran los choques en Bengazi que iniciaron lo que entonces lucía como una nueva rebelión en el mundo islámico y ahora parece terminar con el formato de neocolonialismo de grandes potencias occidentales. Los pruritos que los gobiernos de París, Londres o Washington tuvieron hace cinco meses, para aparentar que su participación en el conflicto libio se reduciría cuando mucho a establecer una zona de exclusión aérea que evitara bombardeos ordenados por Muamar Kadhafi contra sus rivales, fueron abandonados de modo drástico en medio de la euforia con que algunos dirigentes recibieron la noticia de la inminente caída del líder libio.Primero fue el ministro de Defensa de Francia, Gerard Longuet, quien interpretó que el presidente de su país, Nicolas Sarkozy, había tenido un papel decisivo en lo que ya consideraba como el final del régimen libio. Después, fue el canciller galo, Alain Juppé, quien reclamó para su país el mérito de haber contribuido de modo preponderante al desenlace.Es cierto que antes y después del inicio de los bombardeos de la Alianza a Libia, el 19 de marzo, Sarkozy fue junto con el primer ministro británico, David Cameron, el principal impulsor de la vía militar. Con demasiados frentes externos e internos abiertos y una estrategia de mostrarse diferente a su predecesor en la Casa Blanca, Barack Obama se expuso menos. El despliegue militar aliado y los primeros bombazos y misiles pretendidamente "humanitarios" se autorizaron en una cumbre de la Unión Europea y la Liga Árabe en el Palacio del Elíseo, mientras el presidente de Estados Unidos estaba de gira por Latinoamérica.Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, una vez que la Otan se hizo cargo de la ofensiva, defendieron el supuesto carácter de "guerra justa" de la intervención en el norte africano en comparación con la "guerra ilegal" desatada por George W. Bush y sus laderos Tony Blair y José Aznar en 2003 en Irak.La resolución 1.973 excluía de manera explícita una intervención terrestre en Libia o el uso de una fuerza de ocupación en cualquier parte de este país, algo que no se condice con algunos reportes de estas horas sobre la "toma" de Trípoli. Esas versiones aludieron a que tropas de Qatar o de Emiratos Árabes fueron las que primero rompieron las defensas de la capital y bastión kadhafista. La presencia de mercenarios en las filas rebeldes, bajo el rótulo de "asesores militares" ya había sido admitida por diversas fuentes de la Otan, que alegaban lo imprescindible de adiestrar a una fuerza incipiente, inexperta y anárquica. Además, el avance militar de los "rebeldes" dependió de bombardeos coordinados por la Otan a estaciones de telecomunicaciones o infraestructuras que fueron blanco de "ataques selectivos", aviones no tripulados u operaciones encubiertas que llegaron mucho más allá del mandato expreso de la ONU y dejaron un número de otras víctimas civiles (leales al gobierno) que quizá nunca se sepa. Derecho de preferencia. Ahora que desde Occidente se dio por echada la suerte del líder libio no parece tiempo de esos inventarios. En cambio, al recordar al portaaviones Charles de Gaulle en el Mediterráneo, las decenas de misiones de sus cazas Mirage y Rafale o a los más de dos mil efectivos dispuestos para operaciones marítimas o ataques aéreos, funcionarios franceses reclaman un "derecho de preferencia". En la mira están los negocios de la reconstrucción, como ocurre tras cada guerra, y el preciado petróleo libio por el que apuesta la empresa Total. Claro que por el crudo del que Libia tiene unas reservas de 46 mil millones de barriles, ya opera la italiana ENI, British Petroleum, Chevron y sigue la lista… Más allá de Kadhafi, su historia y su destino, la intervención militar de las grandes potencias en Libia no puede simplificarse como una disputa entre buenos y malos, redentores y demonios, donde los rótulos los ponen los que al final dominan la escena. A esa película, se la vio ya muchas veces.