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La mayor desorientación y el reto de la austeridad

Al kirchnerismo hay que reconocerle que, tanto bajo el liderazgo de Néstor Kirchner como bajo el de Cristina Fernández, ha logrado tener un discurso monolítico ante cada episodio ocurrido durante la década en que ha gobernado. Roberto Battaglino.

20 de marzo de 2013 a las 12:01 a. m.
La mayor desorientación y el reto de la austeridad

Fieles cultores de ese enorme y difuso cobertor que es el peronismo, los K supieron aglutinar los pensamientos y posturas de gente de los orígenes ideológicos más diversos y de prontuarios políticos bien heterodoxos. Así, militantes de la izquierda, adherentes a partidos de derecha y colaboradores de las gestiones de Raúl Alfonsín, de Fernando de la Rúa, de Eduardo Duhalde y –en especial– de Carlos Menem se alinearon con disciplina a la lógica del relato construido por el matrimonio santacruceño.

Pero las temblorosas palabras en latín del protodiácono, en la Plaza San Pedro, en el Vaticano, pronunciando “Bergoglio” generaron un cimbronazo tal en el Gobierno argentino y en sus seguidores que, por primera vez en 10 años, el discurso K ofreció visiones enfrentadas ante un acontecimiento.

En menos de una semana, la presidenta Cristina Fernández pasó de aquel discurso, luego de varias horas de ungido Bergoglio, con un frío saludo final, sin mencionar ni el nombre del nuevo papa ni su condición de argentino, a las lágrimas de ayer en la Basílica de San Pedro.

El giro presidencial fue acompañado por el desconcierto y la confusión de sus principales espadas políticas y de renombrados seguidores del kirchnerismo. Fue más que interesante seguir a través de las redes sociales cómo oficialistas con responsabilidades de gestión pasaron de redactar tuits en los que acusaban a Bergoglio de complicidad con la dictadura militar y de ser custodio del orden conservador a escribir mensajes en los que sostenían que el nuevo papa emula en sus actos y posiciones a Néstor Kirchner.

Horacio González, director de la Biblioteca Nacional y referente de Carta Abierta, principal usina de pensamiento del kirchnerismo, consideró que quienes se entusiasman con la designación de Bergoglio deben ser criticados por entrar en una “superchería”.

“Me parece un retroceso político trascendente, inútil, criticable y riesgosísimo; lleva el mito de la nación católica al límite de la estupidez electoralista y a la incapacidad de reflexionar la profundidad de este tema”, dijo González, sobre el furor que generó Francisco. Lo dijo en el momento en que Cristina temblaba de emoción por recibir el primer beso de un papa en su vida. Inútil, criticable y riesgoso. Pocos voceros de la oposición se animaron a tanto al aludir a acciones presidenciales.

Después del impacto que generó tanto desconcierto en el oficialismo nacional, el otro gran problema para la política argentina viene de la mano del “estilo Bergoglio”. Impostado o auténtico, espontáneo o natural, lo cierto es que esa especie de culto a la austeridad 
–que no debiera ser un valor en sí mismo– es lo que mayor repercusión ha tenido de los primeros pasos del jefe de la Iglesia Católica.

Los gobernantes de la tierra donde nació Bergoglio no han sido demasiado cultores de esos modales, en especial en los últimos años. Y acá, el desafío no es ya sólo para los Kirchner. Gobernadores, intendentes y todos aquellos que tienen responsabilidades públicas deben lidiar desde el miércoles pasado con esa imagen del Papa que viajaba en subte, paga el hotel donde se hospeda, se mueve en autos sencillos, se cuida en los gastos.

Gobernantes que usan el helicóptero oficial para hacer trayectos de menos de 10 kilómetros, que se bajan de las aeronaves para andar en autos importados, que se mueven con comitivas numerosas, que gastan fortunas en acciones superfluas, que queman millones del dinero público por minuto tienen, a partir de ahora al menos, una incomodidad.

Mientras, Bergoglio tendrá una agenda que excede la política doméstica. El entusiasmo de muchos se disipará, tal vez, cuando comience a gobernar el Estado religioso para el que lo eligieron. Así y todo, de este sacudón ha quedado constancia. Y sus secuelas se dimensionarán mejor con el tiempo.