¿Hillary 2016?
Después de haber hecho historia llevando a la Casa Blanca al primer afroamericano, había llegado la hora de instalar a la primera presidenta. Nuevamente, un obstáculo se cruza en su destino. Esta vez se trata de un coágulo que amenaza su salud. Alejandra Conti.
Tan brillante era ella que cuando él asumió la presidencia se habló de un doble comando. "Votan por uno y se llevan dos", había bromeado él. Abogada exitosa y referente político por mérito propio, acompañó a su marido en las buenas y en las malas. Para el común de la gente, él era el político de batalla, el estratega, el negociador. Ella era el cerebro de la pareja, la chica estudiosa, más frontal que diplomática, la que escribía los discursos y proyectos de leyes, y sabía algo del mundo.A pesar de las deslealtades (las de él) estuvo a su lado tal como indicaría, si existiera, el manual de la perfecta esposa de un político estadounidense.Estaba cantado que en algún momento sería candidata a presidenta de Estados Unidos.Pero Hillary Clinton no tuvo la fortuna de Cristina Fernández. La brillante primera dama no logró superar las internas del Partido Demócrata en 2008 frente a una estrella aún más luminosa, Barack Obama, y debió postergar sus legítimas aspiraciones para otra oportunidad.Ese momento parecía haber llegado luego de la reelección de Obama.Hoy, más del 80 por ciento de los afiliados demócratas consideran que Hillary sería la mejor candidata a ocupar la primera magistratura. No sólo en ese sector político es favorita. Los principales encuestadores le adjudican niveles de aprobación muy altos, desde el progresista Pew Research Center (65 por ciento) hasta la cadena Fox, a la derecha del espectro ideológico (59 por ciento). Después de haber hecho historia llevando a la Casa Blanca al primer afroamericano, había llegado la hora de instalar a la primera presidenta. Nuevamente, un obstáculo se cruza en su destino. Esta vez se trata de un coágulo que amenaza su salud. Antes de esto, Clinton había declarado que se sentía muy halagada por quienes la proponían como candidata, pero que no estaba en sus planes. De todas formas, 2016 queda lejos, todavía. La esposa de. En términos políticos, todo empezó en 1992, cuando Bill Clinton se presentó como candidato. Representante de un estado menor (Arkansas), Hillary Rodham, su mujer, no era conocida.El fragor de la campaña la hizo visible. Fue una esposa de candidato poco común, involucrada en la campaña por genuina vocación, y una primera dama poco convencional. A poco de haber asumido su marido, presentó ante el Congreso un proyecto de ley para reformar el injusto sistema de salud estadounidense. Fue su primer fracaso público, rotundo y ruidoso. No era el tiempo ni la persona para intentar convencer a nadie de la necesidad de un sistema basado en principios más solidarios. Ni Obama, en el tope de su popularidad, pudo con eso. Fue un trago muy amargo. La reforma del sistema de salud era un objetivo personal y había creído tener el apoyo de los legisladores que se necesitaba para aprobarlo. Fue el comienzo de una serie de frustraciones y escándalos que parecía no tener fin. Por ejemplo, el caso Whitewater. Se trató de una denuncia sobre manejo fraudulento de fondos mientras Bill era fiscal general y gobernador de Arkansas.Hillary dio una ahora famosa conferencia de prensa en la que explicó sus manejos financieros. Un comité del Senado evaluó la denuncia durante 13 meses sin llegar a ninguna conclusión. Lo más doloroso para ella fue el suicidio de un exsocio y amigo, involucrado con el caso, y que sus niveles de popularidad llegaron en ese momento a un piso.Intentaba recuperarse de ese último golpe cuando estalló el que más le afectó como persona, el caso Lewinsky. El romance de su marido con una pasante de la Casa Blanca saltó a la luz pública como sólo pueden hacerlo los escándalos sexuales. También superó ese trance, aunque todo el mundo daba a la pareja por muerta.Así y todo, sobrevivió políticamente, fue senadora por Nueva York desde 2001 hasta 2009, se presentó como precandidata en 2008, perdió, y se convirtió en la canciller de su oponente.Durante su gestión como secretaria de Estado tuvo una actitud no partidista que resultó saludable en el marco de una política tan polarizada como la que impera hoy en Estados Unidos. Pero lo principal es que su gestión como jefa de la diplomacia estadounidense estuvo a la altura de las circunstancias.Antes de la enfermedad que hoy pone en duda su futuro, había dicho que no estaba en sus planes postularse a la presidencia. Con esos índices de aprobación tan buenos y con los republicanos pasando por tan mal momento, todo indica que, si la salud se lo permite, debería intentarlo.

