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Héroes repentinos y pasajeros invisibles

Él fue capaz, solo, de atajarlo todo e impedir acaso un desastre. Lo que hizo lo convirtió en héroe en las redes sociales y cuentan que ahora no para de firmar autógrafos o prestarse para las fotos con gente a la que ni conoce. Marcelo Taborda.

29 de septiembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Héroes repentinos y pasajeros invisibles

Él fue capaz, solo, de atajarlo todo e impedir acaso un desastre. Lo que hizo lo convirtió en héroe en las redes sociales y cuentan que ahora no para de firmar autógrafos o prestarse para las fotos con gente a la que ni conoce. Se apellida Casillas y se lo puede ver por Madrid, si uno se va de tapas por el centro de la capital de una España jaqueada por la crisis, el desempleo y, últimamente, la represión policial a las manifestaciones de sus ciudadanos.Sí, es Casillas, pero no se trata de Iker, el arquero del Real Madrid y la selección española que con sus atajadas y trayectoria se ganó el Premio Príncipe de Asturias y fue clave –al contener un penal al paraguayo "Tacuara" Cardozo en los cuartos de final de Sudáfrica 2010– para que la Roja acabara ganando su primer y único campeonato Mundial de Fútbol hasta ahora.Este hombre no trabaja de "portero" bajo tres palos, sino de mozo de una cafetería y restaurante que en la tarde-noche del agitado 25 de septiembre estaba repleta de gente.Su nombre completo es Alberto Casillas Asenjo y acusa 49 años, aunque represente algunos más. Saltó a la fama cuando salió a la puerta a impedir que un grupo de policías, munidos de porras, ingresara a su café para completar el cometido de violencia iniciado en las calles contra manifestantes que rechazaban los recortes del gobierno de Mariano Rajoy (ver video).Acaso su actitud lavó la imagen de una ciudad en la que el 25-S convergieron miles de manifestantes bajo la consigna "Rodea el Congreso". Un Congreso blindado por decenas de carros de asalto y cientos de efectivos de seguridad.Mientras los medios de España y todo el mundo reflejaban los excesos y la virulencia de la policía, el foco se detuvo de pronto en este Casillas capaz de contener cargas que hacían presagiar más violencia.Las frases del mozo en las horas y días después del hecho que lo volvió famoso potenciaron su popularidad entre quienes volvieron a marchar otra vez contra un ajuste que se aprobó pese a todos los repudios. "Hice lo que hay que hacer (…). Yo voté por Rajoy, pero esta no es forma de gobernar", dijo el camarero de la cafetería Prado, cuyo dueño, llamado David Peique, también rechazó el intento policial por ingresar a su salón y quizá aumente el sueldo de su empleado.Cuando la prensa lo interrogó sobre el boom publicitario para el lugar que atiende, ahora poblado por quienes quieren conocerlo, Casillas sentenció: "Maldito el dinero que viene de las desgracias de otros. Ojalá entrara porque la sociedad está mejor o porque los jóvenes tienen algo más de dinero para gastar". Ningún político español ha sonado últimamente tan certero ante los oídos de los jóvenes desocupados, que suman en la península más del 50 por ciento de esa franja etaria más productiva.Y aunque dice no querer ser ícono de nada ni de nadie, el Casillas de la bandeja, los pinchos y las "cañas" lanza otra definición que potencia su impensado liderazgo espontáneo: "Héroe es cada persona que lucha por sus derechos. El pueblo, cuando ve que atacan al pueblo, tiene que protegerse entre sí".¿Habrán encontrado candidato los indignados de la Puerta del Sol? Sin identidad. Mientras, en el extremo sur de España, en uno de los enclaves que atestiguan su pasado colonialista más allá del Mediterráneo, había trascendido esta semana la historia de otro hombre que no tuvo tanta exposición, que no fue rescatada por su heroísmo, ni tuvo nombre ni apellido con los que bautizarla. Mucho menos tuvo alcance en las redes sociales o expresiones de solidaridad para con su protagonista. Se trata de la historia de un inmigrante sin papeles ni nombre conocido, de apenas unos 20 años y nacido en Guinea, que quiso cruzar la frontera de Marruecos con Melilla, escondido dentro de la butaca de copiloto de un Renault 7.Camuflado como si él mismo fuese el asiento, el joven soportaba el peso del acompañante del conductor cuando llegó el instante fatídico en el paso de Beni-Enzar. La guardia civil decidió registrar el vehículo y a sus dos ocupantes, a quienes se vincula hoy a una red que trafica personas al norte de África, y allí se dieron con el migrante.Quizá nunca se sepa si ya volvió a Guinea, si intentará otra vez llegar a una Europa que le ha cerrado sus puertas o si la vida le tiene reservado un destino mejor en cualquier parte de un mundo con más de seis mil millones de seres irrepetibles.Lo paradójico es que, una vez descubierto, detenido y expulsado, el joven guineano se convertirá en tan invisible y pasajero como intentaba y no pudo.