Entre la farsa electoral y el neocolonialismo
"Siento la obligación de expresar mi rechazo a todas las formas y facetas de la dominación neocolonial vigente e impuesta en mi país".
Siento la obligación de expresar mi rechazo a todas las formas y facetas de la dominación neocolonial vigente e impuesta en mi país. Oficialmente se admitió que en la primera vuelta electoral del 28 de noviembre de 2010 la tasa de abstención fue del 77,22 por ciento, lo que revela la indiferencia de la población. Estuvo marcada por fraudes de toda naturaleza y violencia, boicoteada por la inmensa mayoría de los partidos y organizaciones populares, y donde el partido Familia Lavalas del ex presidente Jean-Bertrand Aristide fue excluido.Pasados 24 años de la caída de la dictadura duvalierista, los haitianos han aprendido que no es a través de una elección manejada por la comunidad internacional y por un Consejo Electoral Provisorio (CEP) desacreditado que encontrarán soluciones a sus acuciantes problemas. En este caso, el enorme costo (40 millones de dólares) para realizar una primera vuelta en un país recién arrasado por un violento sismo que dejó 220 mil muertos y 1,5 millón de personas viviendo en condiciones infrahumanas fue otro elemento que provocó rechazo popular.El mismo día de las elecciones, 14 candidatos a presidente denunciaron fraudes masivos y exigieron la anulación de los comicios. Sin embargo, el CEP y las principales voces de la comunidad internacional dijeron que no se justificaba una decisión tan drástica. Por eso, horas antes del cierre de la votación, miles de personas salieron a la calle para pedir respeto al voto popular. Durante tres días consecutivos, el país estuvo paralizado por violentas manifestaciones. Las marchas recrudecerían el 7 de diciembre, tras la proclamación por el CEP de los resultados dando a Mirlande Manigat el primer lugar con un 31,37 por ciento, el segundo al oficialista Jude Célestin, con 22,48, y el tercero al ex cantante Michel Martelly, con un 21,78. La respuesta no se hizo esperar.Con un país en llamas y un CEP desacreditado, la comunidad internacional ordenó al presidente René Préval solicitar a la OEA el envío de una misión de "expertos" para examinar las actas. Esos "expertos" pudieron sólo a partir de actas falsificadas determinar, como por arte de magia, que Martelly pasaba al segundo lugar y Célestin al tercero.Ante el intento del gobierno de no aceptar las "recomendaciones" y el pedido cada vez más fuerte de anulación, la comunidad internacional aumentó sus presiones. Edmond Mulet, jefe civil de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah) anunció que los resultados debían ser proclamados el 2 de febrero. Ante rumores de desobediencia, dos días antes desembarcó en Puerto Príncipe Hillary Clinton. Hizo desfilar a uno tras otro en la residencia del embajador norteamericano, primero a Manigat, luego a Martelly y, al final, a Célestin. Fue una manera muy diplomática de recordar quién manda en Haití.El portavoz del CEP, el 3 de febrero, repitió como un loro resultados ya indicados por la comunidad internacional. Como si fuera poco, cuatro consejeros sobre ocho anunciaron en la prensa que no habían firmado el papel que se leyó, lo que de inmediato invalidaba los resultados según indica la ley electoral haitiana. Sin embargo, los embajadores de Estados Unidos, Canadá, Francia, España y Brasil declararon que Haití había concluido exitosamente una primera etapa y que había que caminar hacia la segunda vuelta. Avalaron así una farsa sin precedente. Mulet anunció que esta segunda vuelta se haría el 20 de marzo y los resultados se comunicarían el 14 de abril. Ayer en Haití hubo una segunda vuelta electoral entre Manigat y Martelly. Dos políticos que no representan peligro alguno para esta comunidad internacional. Esta segunda vuelta no sólo constituye una farsa sino que agravará la crisis de un sistema decadente y en descomposición acelerada.No puedo emplear eufemismos para referirme a este balotaje. Lo más sensato hubiese sido la anulación de estos comicios, la partida de la Minustah, la disolución del CEP, la renuncia de Préval y la formación de un gobierno de consenso nacional.

