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La dignidad sepultada

Los escombros de Dacca pusieron en evidencia el papel de principales responsables o cómplices necesarios que algunas afamadas marcas internacionales de ropa tienen con esos esquemas de explotación. Marcelo Taborda.

15 de mayo de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
La dignidad sepultada
Búsqueda finalizada. Entre los escombros de Savar no sólo hubo cuerpos sin vida (AP).

El lúgubre recuento oficial se detuvo el lunes por la tarde en 1.127 muertos, 2.438 heridos y 98 desaparecidos por el colapso, el 24 de abril, del edificio Rana Plaza de Savar, cerca de Dacca, que albergaba al menos cinco talleres textiles. La tragedia que ocasionó el derrumbe desnudó realidades que avergüenzan en este globalizado comienzo de milenio. Cuando todavía se buscaba sobrevivientes o se extraían cuerpos inertes entre los escombros, el incendio de otro taller bangladesí sumó 10 decesos más a una lista funesta. En ella debe incluirse un grave siniestro con 150 muertos, en noviembre pasado, y un goteo incesante de bajas por distintas condiciones de precariedad que elevaron a casi 1.700 la cifra de víctimas fatales en los últimos seis meses en Bangladesh, un país de tamaño similar a la provincia de Córdoba pero con cerca de 160 millones de habitantes y urgencias más que visibles. El desplome del Rana Plaza hizo emerger una realidad laboral sombría en un país con cuatro millones de personas que trabajan en el área textil a cambio de un salario mínimo de 38 dólares mensuales, en ambientes insalubres, condiciones de hacinamiento y sin respeto a normativas internacionales básicas que, entre otros puntos, vedan el empleo de menores de edad. Detrás de ese cuadro de abusos, los escombros de Dacca pusieron en evidencia, además, el papel de principales responsables o cómplices necesarios que algunas afamadas marcas internacionales de ropa tienen con esos esquemas de explotación, a menudo abonados por subcontratistas locales, de mano de obra cuasi esclava. Ayer, entre minutos de silencio, el gobierno de Bangladesh prometía discutir con empleadores un aumento salarial a miles de obreros y analizaba permitir a estos una sindicalización hasta ahora prohibida.Las "concesiones" parecían una burla, tan insultante para los que murieron trabajando como para quienes todavía agradecen contarse entre los obreros peor pagos del mundo. Quizá por eso, unas 200 fábricas bangladesíes se pararon en reclamo de mejoras, pese a la falta de gremios y leyes que los amparen y a las amenazas de empresas de bajar las persianas para siempre y buscar otros destinos. El temor al portazo de las multinacionales textiles se funda en que cotizadas marcas occidentales ya tomaron esa decisión en otras naciones periféricas, cuando vieron que reclamos de mejores condiciones de seguridad, salubridad o salarios de los trabajadores modificaban, aunque fuera de modo tenue, su desigual ecuación entre magros costos y jugosos beneficios. Bangladesh, Córdoba, Chicago. En su carta fundacional de 1919, la Organización Internacional del Trabajo fijaba que este no puede ser considerado un simple artículo de comercio; "el trabajo no es mercancía" se decía. Ochenta años después, en 1999, se trató de establecer como patrón del mundo globalizado el concepto de trabajo digno o "trabajo decente". El viernes pasado, en un secundario para adultos de Córdoba, un docente de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social aludía al caso de Bangla-desh para ilustrar el "trabajo esclavo" y contraponerlo a ese "trabajo decente". Un alumno –tras citar su experiencia laboral previa en un taller textil cordobés, donde a los operarios les pagaban dos pesos por la confección de cada pantalón vaquero que luego se vendía a 250– preguntó por qué se llamaba "esclavo" a algo que también aquí es más frecuente de lo que se piensa y no deja de ser un empleo pago. El docente apeló a conceptos como los del representante de la OIT para América Latina y el Caribe, Virgilio Levaggi, quien sostiene que "no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, ni el que se lleva a cabo sin protección social". El diálogo mostró que Bangladesh no resultaba tan lejano ante algunos ojos. También, que la puja por mejores condiciones laborales no se acabó en mayo de 1886 en Chicago, sino que late en millones de mártires cotidianos desperdigados por el planeta. La dignidad de ellos no debiera quedar bajo los escombros de construcciones como la de Savar, edificadas con la codicia de sus explotadores.