La desunión europea
Diferencias a la hora de decidir el ataque a Libia o sobre la ola migratoria del mundo árabe repercuten en la UE jaqueada por la crisis. Marcelo Taborda.
L a luz de alarma se encendió hacia fines de la semana pasada, cuando las autoridades francesas resolvieron cerrar el paso a trenes que iban a entrar a territorio de su país procedentes de la localidad italiana de Ventimiglia. El argumento para frenar el libre tránsito de personas y bienes consagrado en los acuerdos de Schengen no fue otro que el de impedir el posible ingreso de inmigrantes tunecinos a los que Italia había concedido un permiso de residencia temporal.La mayoría de esos tunecinos acaba de escapar de los episodios de violencia y de la crisis económica que precedieron a la caída del presidente Zin el Abidine Ben Alí.Frente a los reparos galos de aceptar a inmigrantes con precarios papeles, llegados del convulsionado norte de África, el gobierno de Silvio Berlusconi y sus aliados de la conservadora Liga del Norte denunciaron el doble rasero de algunas naciones de Europa, que exigen a otros países lo que no están dispuestas a aceptar en su propia casa.El palo de Berlusconi y de su ministro Roberto Maroni apuntó no sólo a Francia sino también a Alemania; es decir, los motores de una Unión Europea inmersa en uno de sus mayores desafíos por la crisis económica global.Italia endilgó a las principales potencias continentales que la tarea de hacer de muro de contención frente a las olas migratorias de subsaharianos y, en los últimos meses, frente a quienes escapan de los conflictos en el Magreb o de la bombardeada Libia, tiene graves costos económicos y políticos. El hacinamiento en Lampedusa, la isla a la que miles de migrantes logran llegar a duras penas si el Mediterráneo no traga sus precarias pateras, es parte de una realidad que divide a los italianos.Cuando la intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) contra Muamar Kadhafi aún no se había iniciado, Berlusconi advertía que el blanco de los ataques iba a ser el mismo aliado que oficiaba de tapón frente a las corrientes de "sin papeles" dispuestas a inundar las costas de la UE. De la "carga" de ser la policía de la última frontera europea también se quejan, ya no tan por lo bajo, algunos políticos españoles. Claro que, a cambio de ese servicio, ambas naciones peninsulares han disfrutado por largos años de beneficios económicos de ser parte de la Unión. Pero en tiempos de crisis económica, política y social, los recelos parecen acentuarse entre socios con realidades dispares. Acaso el punto en común es un sentimiento de temor e incertidumbre que explotan aquellos que cosechan votos a partir de sus mensajes xenófobos.El ultraderechista Jean- Marie Le Pen imaginó ayer un futuro de turbas árabes bajando por los Campos Elíseos para sodomizar al presidente de Francia. La frase no merecería atención sino fuera porque quien la pronunció fue alguna vez el segundo más votado en unas presidenciales y porque su hija, Marine, su heredera en el Frente Nacional, es una de las políticas con mayor intención de voto de cara a los comicios galos de 2012.El discurso del miedo y la xenofobia también acaba de redituar en las urnas a la ultraderecha de Finlandia, que se convirtió en tercera fuerza de ese país y advirtió que, de integrar el próximo gobierno, votará contra el rescate financiero de Portugal.El euroescepticismo también es signo de este tiempo en el que Grecia no acierta en sus recetas, Lisboa espera su salvataje y más de uno prende velas por la otrora próspera España, sumida en cifras récords de desempleo.Así como los ataques a Libia desnudaron grietas entre aliados, las medidas para defender al euro recordaron lo difícil que ha sido construir y expandir esta unión, que afronta una de sus horas más complejas.

