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Los cuervos casi nunca vuelan solos...

La gendarmería cree que el mayordomo del Papa es sólo parte de la trama. La esposa de "Paoletto" jura que este jamás habría hecho algo que pudiera "hacer daño al Santo Padre".

29 de mayo de 2012 a las 12:01 a. m.
Pablo Ordaz (El País, de Madrid)
Los cuervos casi nunca vuelan solos...

Roma. Se dice en el Vaticano que los cuervos raramente vuelan solos. Que Paolo Gabriele, el mayordomo de Benedicto XVI arrestado el jueves pasado por robar y difundir documentación secreta, no es el único traidor. Se sospecha ahora de una mujer, igualmente al servicio directo del Papa. Joven. Casada. Italiana... Los rumores que suben y bajan el Tíber a veces dicen una cosa y otras veces justo la contraria. "El cuervo ha cantado", aseguran unos, "y está señalando uno por uno a sus cómplices". Otros sostienen: "Paoletto, en su celda, reza y calla". Unos y otros, sin embargo, coinciden en que ni el mayordomo desleal –46 años, casado, tres hijos, profundamente religioso– ni la misteriosa mujer aún sin nombre actuaron por su cuenta. Habrá más detenciones. De más nivel. La Gendarmería vaticana –bajo el auspicio de una triada de cardenales nombrados por el Papa– trata de responder la pregunta clave: ¿a quién beneficia la filtración masiva de documentos secretos conocida como Vaticanleaks ? Todas las miradas se dirigen a las más altas instancias de la Santa Sede, donde de un tiempo a esta parte los hombres de Dios libran una guerra endiablada por sentarse en la silla de Pedro cuando Joseph Ratzinger, que acaba de cumplir 85 años, se muera o dimita. El cuervo Paolo, en ese caso, sólo sería un chivo expiatorio. Su esposa, Manuela Citti, asegura: "Mi marido quiere bien a la Iglesia. Estoy segura de que no habría hecho jamás ninguna cosa que pudiera hacer daño al Santo Padre". El mayordomo tiene la doble nacionalidad italiana y vaticana y, hasta su arresto, vivía con su familia en un confortable departamento dentro de las 40 hectáreas del Estado Vaticano. Fue allí donde los gendarmes encontraron "cajas repletas" de documentos y "el aparataje necesario para reproducirlos". A pesar del viento. Tras la acusación formal de robo, Paolo Gabriele designó a dos abogados, que ya se entrevistaron con él en el Tribunal de Vigilancia del Vaticano. El Papa no hizo referencia explícita al escándalo, pero aprovechó celebraciones religiosas del fin de semana para enviar a los fieles un mensaje de tranquilidad: "El viento golpea la casa de Dios, pero el edificio construido sobre la roca no cae". No obstante, las diferencias entre los más altos representantes de la Curia, que hasta ahora se dirimían en secreto, empiezan a salir a la luz pública. El cardenal Carlo Maria Martini (Turín, 1927) ya advirtió el domingo que la Iglesia, tras los últimos escándalos, "debe pedir perdón a todos para recuperar la confianza de los fieles". El jesuita se remonta dos mil años para decir que también Jesús fue traicionado y vendido y que ahora el Papa fue víctima de una acción malvada. Tal vez, insinúa el cardenal, porque los hombres de Dios están demasiado pendientes de "los tesoros de la Tierra". Aunque sus amigos rechazan que Gabriele buscara lucrar con la difusión de documentos, la Gendarmería vaticana examina sus cuentas bancarias y sus llamadas de teléfono para saber quiénes fueron sus compañeros de traición.