La corona en el banquillo
La reputación de la realeza española viene en baja, casi podría decirse en picada. Alejandra Conti.
El rey Juan Carlos, que defendió a la democracia en España en la asonada militar del 23 de febrero de 1981 y que jugara un papel clave durante la transición, se vio involucrado el año pasado en una serie de escándalos que mancharon su imagen y pusieron en cuestión la legitimidad de su reinado.
Primera de esta serie fue la cacería de elefantes en Botswana, una frivolidad antiecológica en plena crisis económica y con cinco millones de desocupados. Luego, su supuesto romance con una empresaria alemana, acompañado del tradicional tráfico de influencias de estos casos. Después saltó lo de su yerno, que aparentemente desvió fondos públicos por medio de una fundación y en beneficio propio. Y siguió lo más temido: su propia hija fue imputada en ese mismo escándalo.
Cristina fue llamada a declarar en la causa que se sigue contra su marido, Iñaki Urdangarín, y un socio por el presunto desvío de fondos públicos a una fundación que dirigía, el Instituto Nóos. El monto del dinero malversado sería de seis millones de euros. Además, es el primer miembro de la Casa Real imputado en un caso de corrupción.
La trama de la presunta defraudación es la típica en casos de guante blanco. Por el intercambio de correos que se dieron a conocer, se deduce que ninguno tenía temor de poner por escrito las maniobras delictivas en las que incurrían. "No puedo justificar estos gastos. ¿Te paso los recibos y me das el dinero de la caja?", decía uno de los e-mails de la secretaria del exjugador de handbol refiriéndose a la caja del Instituto Nóos.
El rey sabía. La estrategia de la defensa de la Casa Real hasta ahora es tratar de que Urdangarín aparezca como único responsable de los desmanejos y separar a la infanta y al resto de la familia de su nombre. Sobre todo a la infanta, siempre de perfil bajo y considerada la más parecida a una ciudadana común y corriente de la familia.
Sin embargo, el rey conocía lo que sucedía. En 2006 había conminado a su yerno a que dejara el Instituto Nóos precisamente por irregularidades que ya entonces se habían hecho visibles. Ese mismo año, la declaración de ganancias de la infanta incluyó 571 mil euros de la inmobiliaria Aizoon, de la que es titular a medias con su marido, pero a la que había ingresado con una inversión inicial de 1.500 euros.
A pesar del real reto, el marido de la infanta siguió vinculado al negocio, ahora dirigido por sus excolaboradores, pero en estrecha vinculación con él.
En 2009, como su yerno se resistía a dejar la fundación, el rey le ordenó que se fuera a vivir a Washington con toda la familia. Sin embargo, ni así terminó la historia. Los desvíos y malversaciones siguieron y en 2011 fue imputado e inmediatamente apartado de las actividades oficiales de la realeza.
En el caso de la hija del rey y esposa de Urdangarín, en principio no habría documentos que avalen una participación directa en los negocios de su marido. Además, podría desligarse del instituto de manera voluntaria. Renunciar a los derechos dinásticos o divorciarse también sería una salida para no perjudicar más a la corona, pero hasta ayer no había señales en ese sentido.
A todo esto, ayer se anunció que la Casa Real aceptaba ser incluida en la Ley de Transparencia, norma que apunta a recomponer la confianza en las instituciones públicas.
Abdicación o república. Según la encuesta de Tecel Estudios y Sigma Dos, citada por la agencia Reuters, casi la mitad del país considera que el rey debe abdicar a favor de su hijo, Felipe (es decir, mantener el estatus constitucional de monarquía parlamentaria), mientras que un tercio de la población opina que la salida pasa por volver a un Estado republicano.
Esto último sí que es novedoso, ya que los partidarios de la república en España fueron muy minoritarios desde la restauración democrática a esta parte. De hecho, hace 15 años sólo el 11 por ciento apoyaba esta alternativa.
La monarquía gozaba de mucha popularidad hasta hace relativamente poco, sobre todo el rey. Juan Carlos había sido elegido por Francisco Franco para sucederlo cuando muriera y para eso el dictador había obligado a abdicar al padre del príncipe.
Una vez muerto Franco, sin embargo, el flamante monarca defendió la democracia e impulsó su respeto aun de la muy extendida derecha española. Hay que analizar los hechos en su contexto histórico; las cosas podrían no haber salido bien en ese momento sin el peso simbólico de la corona.
La edad, la inmunidad y los familiares inescrupulosos han hecho de las suyas. Habitualmente cuidado por los medios, que conocen pero callan sus andanzas, esta vez no queda margen para mucha maniobra. Tras casi 40 años de reinado, parece llegado el momento de dar un paso al costado.

