La calle, el lugar donde se palpa la base social
El día después de la victoria de Chávez, en Caracas se regresó a la rutina, pero con un tema presente en casi todas las conversaciones y corrillos, en especial en sus bastiones.
Mientras la capital venezolana trataba de recuperar su normalidad de lunes, aún poblada de observadores, invitados y periodistas ávidos por obtener la impresión de su gente sobre los resultados del domingo; en un punto de la ciudad, la efervescencia sigue como si todavía se estuviera en campaña.
“Es la esquina caliente”, le dice a La Voz del Interior Nelson Vivas, uno de los dos hombres que sostienen una tertulia política en medio de la peatonal. La esquina está al frente de la Plaza Bolívar, en dirección a la sede de la Asamblea Nacional.
Es media mañana del “día después” en Venezuela, y “la esquina caliente” es un foro de discusión popular entre personas de cualquier edad, montado bajo un pequeño toldo y donde una pantalla de TV repasa el mensaje del “balcón del pueblo” de Miraflores de la noche del domingo. La mayoría de los presentes viste de rojo.
Nelson, de 64 años, y su amigo Mario Isea, de 69, tienen otro atuendo, pero aclaran que más de una vez han participado de las discusiones y que, por supuesto, votaron por el presidente. “Hoy habría que plantear un diálogo, porque los opositores sacaron seis millones de votos y, entre ellos, hay gente capaz y buena. Creo que el presidente los va a invitar a sumarse, y espero que lo haga, porque Venezuela es una sola, con sus diferencias”, dice Nelson.
“Sí, pero que se sumen los que construyan, no esos que estaban tirando panfletos y gritando por un referéndum revocatorio en la Plaza Altamira”, le replica Mario, como si estuvieran solos en la discusión.
“Por suerte, Chávez ganó, porque si no, nosotros, los pobres, hubiéramos quedado sin nada, como en los tiempos del carajo ese de (Rafael) Caldera, que cerró escuelas técnicas y privatizó todo”, reflexiona Nelson, jubilado. “Lo importante de este nuevo mandato es industrializar el país. No se puede seguir montando quioscos o vendiendo arepas”, dispara su colega Mario como propuesta de gobierno.
La alusión a la Plaza Altamira tiene que ver con un incidente protagonizado por un grupo, hasta aquí minoritario, de opositores que se congregó en el lugar, emblemático bastión de la derecha en tiempos del fallido golpe antichavista, de abril de 2002. Sus panfletos hablaban de fraude y pedían a la Mesa de Unidad Democrática (MUD) “no caer en la trampa”.
Ni en la dirigencia opositora ni en el Ejecutivo parecieron prestar atención a demandas que sonaban trasnochadas.
Razones para celebrar. Mientras, cerca de la Plaza Venezuela, y a metros del río Guaire, Johana, de 44 años, empleada de un hotel, no disimula su sonrisa por la victoria de su comandante. "Es el primer presidente que se ocupó de los pobres. Para mí, es muy chévere", afirma. La mujer sostiene que "ganó el pueblo" y devuelve una pregunta: "¿Sabe lo que son 14 años de resentimiento y con quién se hubieran desquitado si ganaba Henrique Capriles?".
En una mesa en Sabana Grande desayunan Walter Carpio, licenciado en Informática y estudiante de la Universidad Bolivariana; Richard Hernández, de la misma profesión, y Jolymar Hernández, abogada y ahora estudiante en Derechos Humanos, de la Universidad Latinoamericana y del Caribe. Dicen que votaron por primera vez en 1998, por Chávez, y desde entonces siempre lo han hecho.
“El presidente tiene un liderazgo en la gente más necesitada. No hubiéramos podido tener nuestros títulos universitarios sin sus planes sociales”, dice Walter, quien hoy trabaja para la petrolera estatal PDVSA, fuente de financiación de esas iniciativas vitales para los más pobres de este país.
“Viene de las bases, también, y las entiende”, acota Jolymar.
Los tres explican a este enviado los alcances de la Misión Vivienda, que implica la construcción de 650 edificios; o la Robinson, que “primero alfabetizó a 1,5 millón de personas y luego hizo completar el primario y secundario (con la Misión Ribas) a cientos de miles”.
“Y la Misión Sucre, para universitarios, o Mercal, de alimentos, o de Identidad, que dio sus cédulas a miles de gentes indocumentadas… Son todas obras de inclusión y, por eso, la gente lo ha ratificado”, coinciden estos profesionales surgidos desde abajo.
Aunque las razones del rechazo las buscaremos en la zona más rica de la ciudad, las del apoyo al mandatario venezolano tienen que ver con el impacto social de sus obras que, aunque imperfectas y criticadas, fueron lo primero que se hizo en décadas por los que eran los excluidos de siempre.

