¿La paternidad atenta contra el vínculo de la pareja?
La llegada de un bebé y los cimbronazos de una intimidad que hay que reconstruir.
Una pareja: ella 31 años, profesional; él 33, comerciante. Una hija de dos años. Ella dice: “Me siento mal, vivo agotada física y mentalmente, estoy angustiada, no puedo con todo. Sueño cosas horribles con mi hija, tengo discusiones todo el tiempo con mi marido. No me escucha, no entiende, no puedo más. Mi vida es un caos. Me siento mala madre, mala esposa, y peor en mi trabajo, no puedo concentrarme”.
El dice: “Mi casa es un desastre, ya no tengo mujer; está todo el tiempo nerviosa, discutimos por cualquier cosa. Mi hija es caprichosa, no tiene límites, nada le alcanza. Mi mujer está todo el tiempo diciéndome lo que hago mal. No tengo ganas de volver a mi casa después de trabajar”.
Lo que se observa en estos relatos, con más o menos reproches, es que los dos integrantes de esta pareja están sufriendo. Una hija deseada por ambos transformó una vida organizada y agradable en un caos familiar. La ilusión de conformar una familia se convirtió en una pesadilla.

