La fascinante historia del tatuaje
Comenzaron a practicarse hace miles de años, pero entre finales del siglo XX y comienzos del XXI se convirtieron en un fenómeno global que no diferencia edades ni clases sociales.
El año pasado, unos arqueólogos encontraron restos momificados de una princesa siberiana de unos 2.500 años de antigüedad. En su hombro izquierdo, la joven mujer lucía una serie de tatuajes con un grado extraordinario de conservación debido a las bondades del permafrost, una capa de hielo que jamás pierde la cadena de frío. Tenía la traza de un animal mitológico, un Capricornio decorado con garras de grifos en sus cuernos y espalda y pico de buitre de inquietante belleza.
Aunque es probable que la idea de utilizar el cuerpo como lienzo precediera a Matusalén, el hallazgo se transformó en la evidencia del altísimo nivel artístico al que había arribado ese arte en la antigüedad. Desde aquellos tiempos, ríos de tinta aguijonearon las anatomías de miles de fieles, más allá de cualquier frontera o linaje, llamados por el mismo arrebato que cautivó a la doncella rusa.
Hubo un tiempo en que el tatuaje era potestad de marineros, malandras de pelo en pecho y compadritos de diversa escuela. Otro en el que se convirtió en símbolo de rebeldía juvenil y de vida alternativa. Como suele suceder en estos casos, la bandera contracultural se convirtió en mercancía y la moda la fagocitó en objeto de deseo amoldable a usos y costumbres aptos para todo público, ya sea de empresarios, futbolistas o meros adscriptos al famoseo.

