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Todo el poder a Kicillof

El margen de maniobra del pequeño Kicillof es breve: sin flujos de inversión externa, sin suficientes exportaciones y con una creciente demanda de dólares entre los pocos ahorristas que acceden a la divisa, el panorama es sombrío.

05 de octubre de 2014 a las 12:11 a. m.
Redacción La Voz
Todo el poder a Kicillof

Sólo una persona le queda de fusible a Cristina Fernández: su ministro de Economía, ahora al frente de todas las decisiones relevantes, en un país cuya industria hace más de un año se contrae y ya en franca recesión.

El margen de maniobra del pequeño Kicillof es breve: sin flujos de inversión externa, sin suficientes exportaciones y con una creciente demanda de dólares entre los pocos ahorristas que acceden a la divisa, el panorama es sombrío.

La salida del titular del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, despeja cualquier duda sobre cómo piensa consumir el Gobierno sus últimos meses en el poder. La cuota de racionalidad que este banquero trajo en el recambio de noviembre pasado se fue por la puerta chica. Una zamarreada pública de la propia Presidenta aceleró los tiempos de una decisión largamente justificada.

Kicillof está convencido de que la economía deberá regirse –por las buenas o por las malas– con el mapa mental que él compuso desde sus años de estudiante: mucha centralización en las decisiones, poco margen para el mercado. Los ataques externos, los buitres internos, el colapso mundial y hasta los supuestos complots para asesinar a la Presidenta se hacen cada vez más abstractos para millones de argentinos que ven evaporarse el valor de su moneda. Pilas de billetes que cada vez valen menos se necesitan para transacciones que –en países vecinos– demandan una décima parte del papel moneda local. El economista Tomás Bulat no duda de que la inflación de 2015 tendrá un piso de 60 por ciento anual. Sin una nueva serie monetaria (una anécdota, si se quiere), al final del mandato K un diputado y hasta un empleado municipal de Córdoba necesitarán un maletín para llevar su sueldo.

Pagar una propiedad mediana, de unos 150 mil dólares, demandaría 25 kilos del billete de más alta denominación en Argentina. Eso pesan unos 2,5 millones de pesos. Dar una moneda de propina a un “naranjita” es granjearse su desprecio. En un quiosco, ya no hay productos que sirvan para dar el vuelto de los centavos. Los argentinos nos hemos acostumbrado a esta locura creciente, como la rana que se hierve de a poco en la olla que se calienta al fuego.

En el país donde –según CFK– todo debería volar por los aires si hubiera una inflación del 25 por ciento, las nuevas autoridades del Banco Central obligan a los bancos a pagar no menos de 23 por ciento de interés anual. Habrá que ver si esa oferta seduce a alguien más que los resignados.

La tentación de Kicillof de “domesticar” a aquellos sectores de la economía que le son rebeldes no tiene ya barrera alguna antes de la Presidenta, embretada como el propio ministro en un camino de muy difícil retroceso.

Otros países han ido por caminos similares y alguno todavía los transita con muchísima más pena que gloria. La paciencia de la potente clase media argentina puede ser un límite. La política debería ser otro.

Kicillof estrena sus semanas de poder total. Quizá deba vivirlas con intensidad.