Tan desiguales, tan pobres
Hay dos factores que impactan con fuerza: el alcance y la calidad del mercado laboral y el tamaño de las familias con más necesidades.
La manera en la que se distribuye el ingreso, y el grado de desigualdad que eso refleja, no experimentaron cambios sustanciales en los últimos años.
En rigor, es difícil que eso suceda en un país cuyo crecimiento, llevado a un gráfico, se asemeja a un electrocardiograma, con demasiados picos y pozos profundos. En estos últimos es donde se acumulan los sedimentos de una pobreza estructural.
Las estadísticas nacionales se replican, con pocos matices, en los principales núcleos urbanos.
En el Gran Córdoba, al cierre del año pasado, el 10 por ciento de los hogares más ricos tenía casi 17 veces más ingresos que el 10 por ciento más pobre. Lo mismo que en 2010 y algo mejor que en 2006, aunque no mucho más.
Según un análisis que Idesa realizó a pedido de La Voz , en la Capital y sus ciudades satélites, el 30 por ciento de los hogares con menores ingresos cobija a la mitad de la población pero recibe apenas 10 por ciento de los recursos totales. En la otra punta, está el 10 por ciento de las familias (equivalen al cinco por ciento de la población total) que concentran casi 30 por ciento de la torta de ingresos del Gran Córdoba.
Aunque en el cauce del fenómeno vierten sus aguas varios factores, Idesa destaca dos: el más relevante está anudado con fuerza con el alcance y la calidad del mercado laboral.
El restante no debería perderse de vista: el tamaño de las familias. Los miembros de los hogares con más necesidades duplican a los de más ingresos.
Esa conformación no sólo impacta en el promedio de los recursos familiares per capita , sino que tiene consecuencias socioeconómicas más profundas, en las que se cuelan el hacinamiento, la salubridad, el trabajo infantil y el abandono escolar, entre otras. En otras palabras, las caras más grotescas de la exclusión.
Pero por la íntima relación con la capacidad de generación de ingresos, es por el empleo por donde pasan casi todas las miradas. De arranque, los jefes de los hogares más pobres forman parte del universo laboral de baja productividad, en el que además coexisten la informalidad y niveles salariales paupérrimos.
El foco en lo laboral tiene un sentido todavía más profundo, porque la creación de más puestos de trabajo formales es una vía genuina para mejorar ingresos pero, sobre todo, para achicar la pobreza.
Y eso termina por trasladar el eje de prioridades. Es que si bien una distribución más igualitaria es deseable, no necesariamente explica crecimiento y desarrollo, por el simple hecho de que podemos ser más iguales, pero también todos un poco más pobres.

