Lograr que los mismos hagamos más
Cuando todos los productos, las empresas o los políticos tratan de apropiarse de la palabra “innovación”, se hace difícil darle un sentido de acción.
Cuando todos los productos, las empresas o los políticos tratan de apropiarse de la palabra "innovación", se hace difícil darle un sentido de acción. Parece más atractivo coronarse con ella que liderarla. Pero lo cierto es que es una corona esquiva y que exige un trabajo y una convicción, que muy pocos tienen. Para los países, no es muy diferente y suelen perderse en la pirotecnia o las discusiones teóricas. En un mundo globalizado, económica y culturalmente, la innovación de verdad (esa que exige sudor) comienza a establecerse como una obligación para las empresas. Por una parte, la ausencia de fronteras económicas, abre infinitas oportunidades para vender, pero también invita a una competencia casi interminable. ¿Cómo puedo yo, desde mi fábrica en Córdoba competir con las marcas de China? La respuesta, muchas veces es que no se puede. Otras, es que hay que asociarse. Y otras, es que es posible crear un negocio distinto y que mis clientes valoren más. Al mismo tiempo, la innovación trae una exigencia cultural enorme. No parece casual que esta fiebre por innovar ocurra en los tiempos de Twitter, Facebook y Google. Cuando las culturas se acercan y nuestros jóvenes nos exigen cambiar. Y aquí surge, como pocas veces en la historia, una segunda fuerza de cambio. La del talento joven. La de una nueva generación que ya no sueña con ser ingenieros en YPF o fiscales de la República. Buscan espacios donde los escuchen y puedan aportar. Porque mal que mal, ellos entienden el mundo global mucho mejor que los que nacimos cuando la música se escuchaba en familia. Sin duda que los gobiernos tienen mucho que hacer, y hay países que han logrado grandes cosas al organizarse y apostar al largo plazo. Desde un punto de vista de las políticas públicas, quizá uno de los desafíos más relevantes para los gobiernos es precisamente sacar la innovación desde los discursos y la retórica de seminarios, para lograr generar planes concretos y medibles que generen aumentos significativos en la productividad del país. Esto, porque si la innovación no es capaz de lograr que los mismos hagamos más, no sirve para nada. De todo esto hay experiencias en el mundo de las que mucho se puede aprender y tratar de sacar modelos. Pero quizá la mejor estrategia sea el trabajo a largo plazo entre el gobierno, las empresas, las universidades y los emprendedores. El desarrollo de una cultura propia de trabajo y colaboración que permitan aprovechar todos los talentos de la región, especialmente los más nuevos y diversos. Apostar por la innovación, es una apuesta a largo plazo. Una apuesta que difícilmente se verá en el balance o en las urnas, pero es una apuesta urgente y quizá sin alternativa. Lo que la hace profundamente atractiva, es que si el trabajo se hace bien y con todos los jugadores, la innovación es capaz de construir una sociedad inclusiva, sostenible y con más oportunidades para todos.
A cargo
Fernando Arocena, director académico y docente de la Diplomatura en Social Media y Comunicaciones Digitales (UES21), socio fundador de la Revista de Negocios Punto a Punto, director del área de Social Media en Mazalán Comunicaciones, especialista en estrategia en comunicación corporativa, social media y communnity management.
*Ex director de Innova Chile

