Instituciones vs. “maldición de recursos naturales”
Lo que limita hoy el crecimiento no es en primer lugar la estructura productiva sino el marco institucional. Los recursos naturales tienden a ser percibidos como “regalos” de la naturaleza y generan conflictos distributivos.
En las pasadas semanas, buena parte de la página internacional de los diarios fue ocupada por las investigaciones sobre corrupción en Brasil. Y este problema no resulta ajeno para Argentina. Aun cuando es responsabilidad del sistema judicial y no del análisis económico investigar los hechos de corrupción, sí es tarea del economista evaluar los efectos que estos hechos tienen en el plano de la inversión y el crecimiento, y analizar si existen razones económicas que los favorecen. La corrupción es siempre condenable y se debe combatir para mejorar el clima de inversión. Pero cuando los montos involucrados escalan y se hacen enormes, este deja de ser sólo un problema para el clima de inversión en un sector y se convierte en un problema macroeconómico, capaz de desequilibrar a la economía en el corto plazo y secar el crecimiento a largo plazo. Al mirar el problema desde esta perspectiva, la hipótesis que surge naturalmente es que estos hechos se producen, antes que nada, por la existencia de debilidades en los mecanismos institucionales de monitoreo y control. Sin embargo, esto no explica por qué los montos involucrados son tan voluminosos. Para explicar esta segunda característica hay que recurrir a una hipótesis más específica referida a la debilidad institucional: los montos son tan grandes porque se trata de países que al mismo tiempo son ricos en recursos naturales y padecen deficiencias en el marco institucional. La corrupción escala porque existen los recursos para escalarla. Cuando se da esta coincidencia, el país queda expuesto al fenómeno que la teoría económica llama "maldición de los recursos naturales". Los recursos naturales tienden a ser percibidos por la sociedad como "regalos" de la naturaleza y generan conflictos distributivos en la medida que diversos sectores tratan de apropiarse de las rentas, sea vía corrupción, cooptación de segmentos del Estado, o políticas públicas diseñadas para favorecer a un sector determinado. Cuando no existen reglas de juego claras –o no se aplican– para solucionar esos conflictos distributivos o para controlar la corrupción, la puja distributiva puede ser tan intensa que la sociedad termina colocando más esfuerzos en luchar por la apropiación de rentas que en invertir esas rentas para generar más riqueza. Los países ricos en petróleo pero pobres, como Nigeria, suelen ser utilizados como ejemplo. Pero la maldición no es una condena. No todos los países ricos en recursos naturales la padecen. Ahí están Noruega, Canadá o Australia para testificarlo. Es la tarea de la sociedad en general y de la política en particular, construir reglas de juego claras y transparentes, de forma que los recursos naturales sean lo que efectivamente son: una bendición que trae recursos para financiar la acumulación de capital físico y humano que el desarrollo demanda. En este punto surge de manera nítida un desafío fundamental que enfrentan hoy tanto Brasil como Argentina para acelerar sus alicaídas tasas de crecimiento: mejorar la calidad institucional. Estos países cuentan con una base productiva y de recursos naturales y humanos suficientes como para poner en marcha un proceso de crecimiento sostenido, pero la maldición de recursos naturales parece ir ganando, si no la guerra, algunas de las batallas recientes. Lo que limita hoy el crecimiento no es en primer lugar la estructura productiva sino el marco institucional, que erosiona el clima de inversión, deprime los animal spirits y genera más incentivos para posicionarse en la apropiación de las rentas de recursos naturales que para producir riqueza y generar empleo.
*Director de abeceb.com y ex secretario de Industria de la Nación

