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Esa cosita loca llamada inflación

La pregunta es cuánto pueden influir las reformas en la velocidad del proceso de desinflación.

12 de noviembre de 2017 a las 12:01 a. m.
Esa cosita loca llamada inflación

Desde el jueves pasado y hasta casi el cierre del año, el paper con más de 40 puntos que el presidente Mauricio Macri repartió entre los gobernadores concentrará la atención de los actores políticos y económicos.

En rigor, el plan de reformas planteado por el Gobierno nacional se viene llevando todas las miradas desde el día después del 22 de octubre, cuando las urnas le dieron al macrismo la palmada que necesitaba para subir una marcha.

Pero, mientras todo esto ocurre, el Banco Central llevó hasta 28,75 por ciento la tasa de interés de referencia, que es el único instrumento que la entidad eligió para pelearle -parafraseando a la canción de la banda británica Queen- a esa cosita loca llamada inflación.

La medida, como en otras ocasiones, desató ladridos en varias oficinas de la Casa Rosada, cuyos ocupantes temen los efectos colaterales, justo cuando el consumo masivo empieza a mostrar los primeros síntomas de rebote.

A esta altura, está más que claro que recalentar las tasas tiene un doble impacto, aun cuando el gradualismo hace que lo malo no se sienta de golpe, pero lo mismo pasa con lo bueno.

El martes 14 se difundirá el dato oficial de la evolución de precios de octubre, aunque ya hay algunas pistas: el índice Congreso marcó 1,5 por ciento, mientras que la consultora Elypsis midió 1,7 por ciento. En ambos casos, no habría entonces una baja importante de la inflación núcleo.

Pero la decisión del Central apuntaría a una vacuna antes del verano, cuando hay una suba estacional en el tipo de cambio, por lo que hay que mantener el incentivo para las posiciones que se armaron en pesos. También es abrir el paraguas para soportar el impacto de nuevos ajustes en tarifas de servicios públicos, como pasará con el gas natural y con la energía eléctrica.

La pregunta es cuánto pueden influir las reformas planteadas en la velocidad del proceso de desinflación. Y viceversa.

En rigor, causas y consecuencias están atadas. Y es que, en el caso de la inflación, se supone que buena parte de los cambios propuestos apunta a morigerar el impacto de sus orígenes, con una porción importante que está concentrada en el plano fiscal.

Para el economista Diego Dequino, los principales ejes de los cambios (impositivos, fiscales, previsionales y laborales) “intentan modificar las condiciones que generan inflación”, aunque advierte de que “el tipo de cambio sigue siendo un gran interrogante”, en especial por su impacto en las condiciones de competitividad.

Igual, cree que el Gobierno pasó los primeros dos años afiebrado “con lo estratégico”, mientras que ahora es el turno “de lo táctico, lo operativo”, sin perder de vista que la métrica es laxa. Al fin y al cabo, las reformas se proponen en forma escalonada.

Pero la inflación, de nuevo, no deja de ser uno de los grandes telones de fondo. Eso es lógico incluso desde lo teórico, porque obliga a cierto grado de consistencia entre el diagnóstico y las herramientas, algo que suena lógico, pero que no siempre ha ocurrido en la historia económica argentina.

Otra cuestión, mucho más fina, es cómo se ataca la inflación. El ajuste monetario despierta adeptos y detractores casi por igual. Pero por la calle del medio están quienes avalan la firmeza de esa política que gambetea a las clásicas devaluaciones, aunque advierten de que hay caminos complementarios.

Por caso, apelar a instrumentos para incidir en contratos de largo plazo (desinflamar las expectativas futuras), en momentos en que el crédito es más longevo, como ocurre con las líneas hipotecarias. Aunque aquí los bancos deberían organizar carteras de calidad, algo que no está ni en pañales.