El comercio, casi excluido del Monotributo
La falta de un ajuste automático del régimen simplificado dejó los parámetros desactualizados.
Los cambios en el Monotributo, que empezaron a regir desde enero, no alcanzan a revertir años de desactualización y, por lo tanto, muchos pequeños negocios quedarán fuera. Los valores presentan ciertas incoherencias, sobre todo para el caso de los comerciantes. Y esto no es una buena noticia.
Para reducir el peso de la economía informal, el incentivo no sólo tiene que venir por la percepción del mayor riesgo de estar “en negro”, sino también desde la reducción de la carga impositiva y, en particular para los más chicos, a partir de la simplificación de los trámites para estar al día.
En este último punto, el Monotributo es una contribución. Pese a que puede inducir al “enanismo fiscal”, hacerle más fácil la tarea de cumplir es una buena forma de que los comerciantes estén en blanco. Los esfuerzos por bancarizar las ventas (a través de la obligatoriedad de recibir tarjetas de débito o crédito) tienen que complementarse con la pata tributaria y administrativa.
La falta de un ajuste automático del régimen simplificado que acompañe a la inflación dejó los parámetros totalmente desactualizados respecto de la intención inicial de este sistema. En los últimos siete años, los topes sólo fueron modificados tres veces: en 2010, en 2013 y ahora, desde 2017.
Una buena medida de la última reforma es la actualización automática, en septiembre de cada año, aunque el indicador elegido, la movilidad previsional, es cuestionable.
El monto en que quedaron hoy los valores deja afuera a muchos pequeños comercios. El Monotributo toma como parámetro para estar encuadrado en el régimen y en determinada categoría a los ingresos brutos, es decir, la facturación.
Esto discrimina a los comerciantes, porque no les permite restar el costo de la mercadería vendida; en cambio, los profesionales y otros prestadores de servicios no tienen este gasto.
Es tal la desactualización que casi nadie podrá encuadrar en las últimas tres categorías (ahora, I, J y K). Sólo pueden estar en ellas vendedores de cosas muebles (comerciantes) con ingresos de hasta 822.500, 945 mil o 1,05 millones de pesos, respectivamente, pero tienen que cumplir con un requisito difícil de cubrir con esa facturación: deben tener uno, dos o tres empleados.
A esto hay que sumar que no pueden pagar más de 126 mil pesos de alquiler al año y el valor unitario de los bienes que venden no puede superar los 2.500 pesos, un monto que, llamativamente, no se actualizó.
Así, para mantenerse en el Monotributo un comercio no puede facturar más de 87.500 pesos por mes, y si supera los 78.750 pesos tiene que contar con tres empleados “en blanco”. Supongamos que factura 80 mil por mes. Si aplicara un margen del 100 por ciento al valor de lo que vende, la mercadería le costaría 40 mil pesos; a esto tiene que sumar el alquiler (hasta 10.500 pesos), los impuestos provinciales y municipales, los servicios (electricidad, agua, gas) y el pago a los trabajadores.
Según los últimos datos del Indec, a mediados de 2016 el costo promedio mensual de un empleado de comercio a jornada completa rondaba los 20 mil pesos (menos de 15 mil de bolsillo, incluido un prorrateo del aguinaldo). Si tuviera tres trabajadores a jornada completa (60 mil pesos), no podría facturar 80 mil. Si los tuviera con media jornada, llegaría con lo justo a cubrir los costos y no le quedaría nada para vivir. Es evidente que así casi nadie puede entrar en estas categorías.

