El “adecuado” desmayo del dólar
Lo trascendente es mantener en el tiempo la disciplina fiscal y monetaria.
La bipolaridad se dolarizó. En un año y medio, la Argentina pasó del depresivo cepo por la escasez de billetes verdes a cierta euforia por el stock de dólares. De hecho, ya nadie aplica la obsesión pretérita de mirar a diario las reservas del Banco Central.
Días atrás esos activos superaron los 50 mil millones de dólares, algo que no pasaba desde mediados de 2011. La lógica dice que, a mayor oferta, precios más bajos. Pero al fenómeno habría que mirarlo de frente y de perfil.
Si bien se captan dólares “genuinos” a través de las exportaciones, en particular las agroindustriales, las reservas vienen engordando por vías menos virtuosas, como el endeudamiento, o muy excepcionales, como el blanqueo. La inversión real, en cambio, si bien creció, aún sigue en modo de “riego por goteo”.
Pero son las necesidades fiscales las que marcan el paso. Hay una herencia insoslayable: el país gasta bastante más de lo que recauda. Y para pagar la cuenta, imprime y pide plata prestada. Se sabe, es la peor de las deudas, salvo que todos levantemos la mano para autoflagelarnos. Difícil.
Por lo tanto, el auto seguirá andado con un cilindro menos. Lo demuestra la plasticidad de las metas fiscales, que difieren de la proyección que se hizo un año atrás. Ahora se espera que el rojo primario sea el equivalente a 4,2 puntos del producto interno bruto (PIB), aunque subirá a casi seis puntos después del pago de intereses.
Y si bien la decisión es ir tapando el pozo, este seguirá abierto hasta el final de la actual gestión. Por lo tanto, si la cuerda de las demandas fiscales tiene esa extensión, lo más probable es que el tipo de cambio evolucione pegado a la inflación. En 2016 quedó varios escalones abajo, y este año le pasará algo similar.
Para el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, con el valor actual del dólar (alrededor de los 16 pesos) “la economía puede trabajar adecuadamente”. Debería Dujovne contarnos qué entiende por “adecuado”, porque a la vez reconoce que el país tiene que mejorar en competitividad.
Es cierto que el tipo de cambio no es la única variable para cotizar a la producción argentina en el mundo. Pero es una de las más importantes, aun cuando se apele al filtro del tipo de cambio real multilateral, un escenario en el que la apreciación del peso ya no parece tan grande en comparación con otras monedas; en especial, el real brasileño.
Para algunos economistas, el atraso en el precio del dólar no podrá sostenerse más allá de este año. Otros creen que se abre una ventana de oportunidades para corregir distorsiones estructurales, como la presión fiscal y los costos laborales, lo que ayudará a mejorar el estado físico de nuestra producción, en especial la industrial.
En la historia económica argentina, ya se probaron todos los remedios que abarca el abanico entre el shock devaluatorio y el crawling peg (devaluación progresiva y controlada). Aunque también se ha repetido el pecado de barrer sin pruritos todo el esfuerzo.
El “adecuado” desmayo del dólar puede despertar críticas o elogios. Es lo de menos. Lo trascendente es que la disciplina fiscal y monetaria, hoy entregada a una estrategia de transparencia, no se aleje de sus metas y se mantenga en el tiempo. De lo contrario, seguiremos engrosando el libro de nuestros fracasos.

