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De qué hablamos cuando hablamos de pobreza

Las numerosas mediciones más conocidas sobre la cantidad de pobres tienen un denominador común: toman a este fenómeno sólo desde el punto de vista de los ingresos. Sin embargo, este es un concepto que va cambiando y que tiene múltiples aristas.

19 de abril de 2015 a las 12:14 a. m.
De qué hablamos cuando hablamos de pobreza
INDICADORES SOCIALES. Cómo medimos la pobreza (Fotoilustración Oscar Roldán/La Voz).

La falta de difusión de datos oficiales desde 2013 (y la no credibilidad de los valores previos) está dando origen a una gran discusión con múltiples números sobre cuántos pobres hay hoy en Argentina. Más allá de la disparidad de los resultados, todos los relevamientos (incluidos los que elaboraba el Instituto Nacional de Estadística y Censos) parten de una misma definición de pobreza e indigencia. Pero hoy, en el mundo, la discusión va más allá: ¿Qué es ser pobre? ¿Se puede hablar de una sola pobreza? ¿Es lo mismo el pobre de hoy que el de hace 20 años, el de la ciudad que el del campo, el del "primer mundo" que el de un país subdesarrollado? Lo cierto es que la sociedad, y el concepto de pobreza ha ido variando pero las formas de medir, por ahora, son siempre las mismas. Medidas tradicionales En el mundo hoy hay, básicamente, dos formas de medir a los sectores pobres. La estructural y la coyuntural. La primera se basa en las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), que analiza si una familia tiene alguna de estas carencias: hacinamiento, retrete con descarga de agua, vivienda precaria, niño que no va a la escuela. Este indicador se mide en los censos de población y las últimas mediciones ya están mostrando un piso en Argentina (cerca de ocho por ciento). La otra medición, la coyuntural, mide la pobreza monetaria. Se pone precio a una canasta básica de alimentos y una canasta básica total; las familias cuyos ingresos no alcanzan a cubrir la primera, están en la indigencia; las que no llegan a la segunda, son pobres. Todas las estimaciones que se difunden habitualmente (incluida la que era del Indec) se basan en este parámetro. Lo único que cambia es cuál es el valor de la canasta, mientras más alta sea, más familias serán pobres y viceversa. Los rangos de variación son tan amplios como ir desde un 20 hasta un 35 por ciento de pobres (entre ocho millones y 15 millones de personas).Esta también es la metodología que se toma para las comparaciones internacionales: una persona es pobre si su ingreso per cápita familiar es menor a cuatro dólares diarios (ajustados por la paridad de poder de compra, los precios internos de cada país) y está en la pobreza extrema, si no llega dos dólares. Leonardo Gasparini, investigador del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Cedlas), señala que en América Latina, bajo el nivel de cuatro dólares está casi el 25 por ciento de la población en 2013. En 1980 y en 1992 era superior al 40 por ciento. El docente expuso en una jornada organizada por los 80 años del Instituto de Economía y Finanzas (IEF) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba. Estuvo junto con Luis Beccaria y Jorge Paz (Conicet, Universidad Nacional de Salta). Para Argentina, la estimación corregida del Cedlas arroja un valor de 21,4 por ciento para 2014. Hubo una fuerte caída desde 2003 (56,8) pero creció desde el piso de 18,5 por ciento en 2012. En 1998, se dio el menor valor de los '90 (27,1). Un fenómeno complejo Las dos mediciones tradicionales, la de NBI y la de la valoración de los ingresos tienen limitaciones para entender el fenómeno actual. La de NBI, al igual que el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de las Naciones Unidas, toma un concepto que está siendo superado. En el mismo sentido está la medición por canastas de alimentos: si una persona puede comer o le alcanza para cubrir bienes básicos, ya no es pobre. "Tener agua, alimentos, vestimenta no hace que uno no sea pobre", subraya Martín Maldonado, investigador del Conicet. "En Argentina, medido por IDH la pobreza es bajísima, entre tres y cuatro por ciento. Este indicador, como el de NBI está pensado para países como los africanos, pero está quedando en desuso", agrega.En este sentido, explica que con la pobreza está pasando algo parecido a la educación: 100 años atrás, la persona que sabía leer y escribir era educada; hoy, eso ya no alcanza y se deben incluir otros parámetros. Maldonado sostiene que en Argentina hay, al menos, ocho tipos de pobreza, totalmente diferentes: la urbana estructural, la rural, los nuevos pobres o pobres por ingresos (lo que se mide normalmente), los migrantes o trabajadores golondrina, los pueblos originarios, la pobreza "del estallido" (esa que se muestra siempre en los medios) y, el grupo más numeroso: los pobres "invisibles". La gran mayoría (entre 20 y 45 por ciento) está en este último grupo: tiene casa, vive en un barrio regular con servicios, tiene trabajo formal. "Hoy los pobres trabajan y mucho, algunos tienen varios empleos", dice. Algunas mediciones, como las del Ipypp de Claudio Lozano remarcan, justamente, que hoy hay pobres con trabajo, con un salario que no le alcanza para vivir. "Es gente que vive mal, angustiada, deprimida, con miedo por la inseguridad; trabaja todo el día pero el dinero no le alcanza, no califica para los planes sociales ni para los subsidios, no tiene tiempo libre, tiene que esperar 40 minutos el ómnibus, si no hay paro, y horas en un hospital público", dice Maldonado. "Cada vez la pobreza es menos no tener que no poder hacer, estar excluido", opina.La otra característica es la percepción de que sus hijos van a estar peor, muy alejado del ideal de ascenso social de décadas atrás. Hoy la educación y el trabajo no garantizan la redistribución. Medidas de la desigualdad La inclusión en sentido amplio es un tema que pesa en las nuevas mediciones de pobreza. Una de las cuestiones que más impacto tuvo en la reducción de la cantidad de pobres desde la crisis de 2002 tiene que ver con el aumento del empleo y el trabajo formal (pese al estancamiento o leve empeoramiento de los últimos años). Gasparini lo menciona como un tema clave en la reducción de la desigualdad de ingresos de la población. En el mismo sentido se enfoca el trabajo expuesto por Beccaria en la jornada del IEF, que se focaliza en la disminución en la concentración de los asalariados. El estudio del profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento indaga en los factores que disminuyen la desigualdad en la remuneración de los trabajadores. Y señala que la formalización es clave en este proceso. También contribuye el factor educación, pero la disminución de la desigualdad no se explica porque la población esté más educada, sino que el retorno para quienes tienen mayor nivel educativo ya no es tan alto (la brecha salarial entre los más y menos educados disminuyó). Multidimensional El trabajo de Jorge Paz se centra en las diferencias regionales (ver aparte) pero con un enfoque de múltiples dimensiones. Se piensa la pobreza no referido a cuánto la persona tiene sino a lo que es capaz o no de hacer. Se miden 27 dimensiones, divididas en cuatro grupos: capacidad económica (se incluyen fuentes como subsidios, caridad, préstamos), vivienda adecuada, saneamiento (agua, combustible, baño), e inclusión social (niños que asisten a la escuela, jóvenes que estudian o trabajan, adultos con empleo, formales y salario superior al mínimo, adultos mayores con cobertura previsional). "Mirar el problema desde esta perspectiva multidimensional deja a la vista muchos aspectos que permiten identificar prioridades para las políticas públicas", explica Paz. El resultado depende de la cantidad de privaciones que se tomen para considerar a una persona pobre: si se cuentan cuatro (de las 27), la medición para 2013 arroja 14,2 millones de pobres (más del 35 por ciento); si se toman seis (en línea con estudios mundiales), son 6,36 millones (16 por ciento). En una visión similar a la de Maldonado, Paz resalta que esta medición de privaciones tiene en cuenta la pobreza relativa, cómo está una persona respecto al resto de la comunidad, y también tiene implícitas cuestiones de desigualdad.

Niñez, la más vulnerable

Problema presente y futuro. Cualquier medición de pobreza que segmente por rango etario muestra una realidad preocupante: en la niñez la incidencia es mucho más alta.

La mitad. "La mitad de los pobres son chicos y la mitad de los chicos son pobres", resaltan Claudio Lozano y Tomás Raffo en un informe del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (Ipypp).

Otras dimensiones. Además, el segmento de niños y adolescentes tienen otras carencias: educación (la deserción es 10 puntos porcentuales superior entre los pobres, y un millón de jóvenes no estudian ni trabajan); vivienda; salud (un tercio de la población total no tiene cobertura y entre los menores este porcentaje llega la 40 por ciento); mortalidad infantil.

Infantilización. La medición del Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes) alerta que 46 de cada 100 niños y adolescentes hasta 17 años vive en condiciones de pobreza en Argentina (seis millones sobre un universo de 12,9 millones de esa edad) y dentro de estos, 12 por ciento vive en la indigencia (1,5 millones). La tasa de pobreza en la infancia es mucho mayor que en la población total y aumentó más.

En Córdoba. Según el Cippes, el 50,9 por ciento de los niños hasta 17 años eran pobres (500 mil) y 13,7 por ciento eran indigentes (140 mil) según la última medición desagregada, de junio de 2014. En el primer semestre del año pasado crecieron los pobres, pero bajaron los indigentes.