Corriendo la zanahoria
A principios de este año que ya empezó a caminar su último cuarto, el ministro-secretario Guillermo Moreno anticipó que veía con buenos ojos llegar a diciembre con un dólar en torno a los seis pesos.
A principios de este año que ya empezó a caminar su último cuarto, el ministro-secretario Guillermo Moreno anticipó que veía con buenos ojos llegar a diciembre con un dólar en torno a los seis pesos.
El anuncio implicaba un índice de devaluación en torno al 20 por ciento, bastante interesante en la búsqueda de la competitividad perdida y halagüeño en otro sentido, además: el Gobierno se hacía cargo de un problema en el tipo de cambio.
Con una inflación verdadera en torno al 10 por ciento anual, esa devaluación hubiera implicado un importante recupero del tipo de cambio real y un respiro para los exportadores, la balanza comercial y de pagos.
Pero el ritmo de crecimiento de precios internos no disminuyó: va camino a cerrar un 2013 en torno al 23 / 25 por ciento, según las consultoras que deben entregar sus datos en secreto al Congreso de la Nación para evitar acciones legales y persecuciones.
Así las cosas, lo que hubiera sido una buena noticia para la economía en “falsa escuadra” termina siendo una medida insuficiente que agrava el retraso cambiario y la pérdida de competitividad de nuestras empresas.
Y por si todo esto fuera poco, Brasil –uno de los principales destinos de nuestras exportaciones– aceleró su ritmo devaluatorio y complica aún más el problema argentino.
Como el burro que corre una zanahoria atada a un palo que él mismo transporta, el equipo económico intenta achicar una brecha que –por el contrario–, se va agrandando.
Los datos electorales del 27 de octubre seguramente mostrarán que el Gobierno es acompañado por un tercio de la sociedad, un porcentaje muy similar al que votó por Menem en 2003. Igual que en aquel entonces, el tema es que el otro 70 por ciento cada vez toma más distancia de las políticas y las explicaciones oficiales.
En su desesperación por mantener las líneas argumentales del discurso y cerrar los agujeros que drenan divisas desde el Banco Central, el Gobierno reparte culpas a troche y moche, y sigue limitando el acceso del público a los dólares. Pero nada de eso constituye un cepo, según palabras de la propia Presidenta.
Lo más probable es que hacia las fiestas de fin de año el dólar oficial ronde los 6,20 pesos (y un paralelo arriba de los 10 pesos): el burro empezará a trotar más rápido rumbo a una zanahoria que (extrañamente para él) se aleja más y más.
Un programa antiinflacionario que implique acotar el ritmo de crecimiento del gasto público y deje de asfixiar al sector privado con presión impositiva deberían ser las consecuencias más razonables tras los escarceos electorales.
Dos años más corriendo la zanahoria acabarían con el burro y los pasajeros del carro desbarrancados.

