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Un papa no papa

Lo que quizás más choca es el lenguaje que usa Francisco, duro sólo cuando critica a eclesiásticos como meros funcionarios, como fríos “analistas de laboratorios”, en vez de ser médicos en “un hospital de guerra”.

21 de septiembre de 2013 a las 12:02 a. m.
Juan Arias (El País, de Madrid)
Un papa no papa

Con su larga entrevista a La Civiltà Cattolica , el papa Francisco hizo en realidad una confesión pública. Y eso es algo nuevo en la Iglesia. No sólo afirma que es "pecador", algo que podría sonar a retórica, sino que confiesa sus pecados y los enumera sin pudor.

Más aún, como en toda verdadera confesión, promete no repetirlos, sobre todo después de haber “aprendido de la vida”. Estamos, guste o no, ante un papa no papa, si lo comparamos con los otros papas de la historia.

Ya alguien afirmó en Roma que espera que al próximo sucesor de Pedro “le dejen volver a ser papa”. A Francisco no lo consideran como tal. Y él hace de todo para no parecerlo. Hasta le cuesta llamarse tal. Por eso, habla y da entrevistas como si no lo fuera.

Los papas medían sus palabras, decían sin decir, jamás confesaban haberse equivocado.

¿Cuándo se vio a un papa definirse políticamente: “Nunca fui de derecha”? ¿O confesar que había sido tachado de ultraconservador pero por culpa suya, porque “reaccionaba sin escuchar”, actuando “de forma autoritaria”? Confiesa que le faltaba experiencia y era precipitado en sus juicios y acciones.

Francisco traza él mismo su perfil humano, social y político, al mismo tiempo que pergeña la Iglesia que desearía que vivieran sus seguidores.

Una Iglesia, sobre todo, capaz de “saber escuchar”, actuando con “misericordia”, en vez de ir siempre con la condena en la boca. Y sensible a los que no piensan como él.

Lo que quizá más choca es el lenguaje que usa Francisco, duro sólo cuando critica a los eclesiásticos como meros funcionarios, como fríos “analistas de laboratorios”, en vez de ser médicos en “un hospital de guerra”.

Le gusta la figura del pastor y la define sin ambigüedad: tiene que estar dispuesto a “curar heridas”, ofrecer cercanía, en vez de alejar con su aspecto de burócrata de la fe, algo que debe haber sonado a Viernes Santo en la curia romana. Y siempre bajo el lema de la comprensión: “¿Quién soy yo para juzgar?”.

Y Francisco usa para hablar el lenguaje de la calle, llegando a utilizar la expresión, en la polémica feminista, de “machismo con faldas”.

Conocí, con Francisco, a siete papas, y es la primera vez que advierto que es un papa que parece esforzarse en sus palabras y gestos para no serlo.

Él se siente más cercano al profeta de Nazaret que al papa Rey. Como me decía un no católico en Río de Janeiro, durante su último viaje, Francisco parece auténtico, sin posar. La impresión que da en esta misma entrevista es que es papa, que cree en lo que dice y lo practica.

¿La afirmación más fuerte de su entrevista? Quizá cuando dice: “No se puede hablar de la pobreza sin experimentarla”. Toda una encíclica que no dejará de provocar picazón en más de un círculo eclesiástico.