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Su villano favorito

Vladimir Putin libera a un exempresario emblemático de la corrupción que trajo la transición del comunismo al capitalismo en Rusia.

22 de diciembre de 2013 a las 02:39 p. m.
Redacción La Voz
Su villano favorito

Mijail Jodorkovsky era el más grande multimillonario de la nueva Rusia, la que surgió tras la caída de la URSS en los ’90.

Hizo su enorme fortuna como casi todos los ricos y super ricos rusos, que fueron en su mayoría funcionarios del régimen anterior. Apenas cayó todo, y con información a la que muy pocos tenían acceso, compraban por monedas inmuebles fiscales y empresas estatales. Lo hacían en medio de un marasmo legal en el que nadie tenía claro cómo eran las cosas, salvo ellos.

Cuando todos los demás se dieron cuenta ya era tarde. El que antes le pagaba el alquiler del departamento al Estado ahora se encontraba que le debía mucho más a un particular que había aparecido con el título de propiedad del edificio (que quizá había costado unos pocos rublos, los del sellado del documento).

La ganancia de los nuevos ricos se amasó a costa de millones de personas comunes que quedaron en la pobreza, sin propiedades, muchas veces sin trabajo y sin la cobertura estatal del comunismo. Un contraste digno del peor de los capitalismos contra el que les habían llenado la cabeza durante toda la vida.

Los nuevos rusos, como se los llamó, se convirtieron entonces en el objeto del odio de millones de ciudadanos comunes que pasaron de pobres en el comunismo a pobres en el capitalismo.

Jodorkovsky, que había sido viceministro de Combustibles y Petróleo durante el gobierno de Boris Yeltsin, adquirió empresas y bienes del Estado de manera dudosa. Así llegó a ser dueño de 15 mil millones de dólares y de la petrolera Yukos. Se convirtió en el empresario más poderoso y el más representativo de la corrupción pasada y presente. Hizo todo esto antes de los 40 años.

Yukos era la segunda petrolera del país y había empezado a ser conocida fuera de Rusia. En el exterior, se decía que se manejaba con “extrema transparencia”; se gestionaba con estándares internacionales y consiguió accionistas extranjeros.

Pero sus problemas con Vladimir Putin comenzaron cuando se metió en política. Comenzó patrocinando a varios partidos opositores, incluso a los comunistas; luego compró un diario opositor y contrató a uno de los periodistas de investigación más reconocidos de su país.

En 2003 fue arrestado por fraude, lavado de dinero y evasión fiscal y fue condenado a ocho años de cárcel. Lo enviaron a Siberia, a un campo de trabajo a 4.700 kilómetros de Moscú. En un segundo juicio la condena fue aumentada. La siguió en otra prisión cerca de la frontera con Finlandia.

El Tribunal de Derechos Humanos de la Unión Europea criticó en su momento los juicios en su contra, pero desestimó que estuvieran motivados políticamente. El siempre sostuvo su inocencia de los cargos que se le imputaban. Yukos quebró en 2006.

Libre al fin

La versión de que Jodorkovsky pidió el indulto a Putin al principio había sorprendido debido a su persistencia durante estos nueve años en sostener su inocencia y a la escasa predisposición a la clemencia del presidente ruso. Sin embargo, uno y otro confirmaron que así fue, en consideración de que la madre del empresario sufre cáncer.

Toda la movida de su liberación fue organizada por el exministro de Relaciones Exteriores alemán Hans Dietrich Genscher, quien se pasó años negociando con Putin, incluso entrevistándose personalmente con él.

Se especula con que puede haber existido la amenaza de un tercer juicio y más años de condena para apurar el pedido de indulto y el exilio. Otra teoría apunta a un compromiso de no meterse en política.

En un comunicado que publicó al llegar a Alemania, enfatizó que este pedido de excarcelación no implica admisión de culpabilidad.

No faltan los que ven a este episodio como un ejercicio publicitario del gobierno ruso, que de paso se saca a un opositor importante de encima.

Pero si no hubo pacto y Jodorkovsky regresa a Rusia puede convertirse en una amenaza política para el actual presidente, que lleva más de 13 años en el poder y no ha revelado ninguna intención de dejarlo. Menos aún ahora que se aproximan los Juegos de Invierno en Sochi. Aquí puede radicar el secreto de la liberación de este prisionero, de los activistas de Greenpeace (entre los cuales hay dos argentinos) y de una decena más en lista de espera.

El gobierno ruso necesita un lavado de cara del que este episodio es apenas el preámbulo.