Shadia, una refugiada siria en Córdoba
Llegó a la casa de su hijo en 2011, cuando comenzaron las revueltas en Siria, y no pudo regresar. Su hogar, en un barrio cristiano de Homs, fue tomado por yihadistas y desmantelado. Pidea los países que no fomenten el terrorismo ni intervengan en conflictos internos.
Shadia Sara (60) tiene la mirada triste, abatida. Es una refugiada forzada por la guerra en Siria, el país del que llegó, con pasaje de ida y vuelta, pero al que, por ahora, no puede regresar. Llegó a Córdoba, junto con su madre, en noviembre de 2011, cuando comenzaron las primeras revueltas en su país que, luego, terminaron en la guerra que hoy está desplazando a millones de sirios por el mundo.Shadia casi no habla español, pero se hace entender. "Si, me siento como una refugiada. Creo que la situación allá se va a poner más difícil y más dura, pero va a terminar mejorando para el año que viene", dice, esperanzada, en la casa de barrio Alejandro Centeno, donde vive su hijo Nayib, que oficia de traductor.La mujer confía en que podrá regresar a su hogar, aunque su vivienda en Homs, a 160 kilómetros de Damasco, esté inhabitable, aunque no en ruinas."Lo único que quiero es que se termine el terrorismo. Quiero hacerles llegar un mensaje a los presidentes de los países para que no apoyen ningún tipo de terrorismo. La única manera de parar la guerra, y hubiera sido más fácil antes, es cortar el suministro de armas. Lamentablemente, no es tan fácil", opina Shadia, quien también pide libertad."Entiendo la libertad como la necesidad de que otros países no se metan en los nuestros. Hoy no somos libres de vivir como queremos", enfatiza. El comienzo de la guerra Shadia aterrizó en Córdoba, en noviembre de 2011, con una visa por seis meses. En Siria habían comenzado algunas manifestaciones en contra del gobierno de Bachar al Assad. Pero las protestas comenzaron a ser cada vez más violentas. "De golpe, empezó a haber muertos en las manifestaciones. Asesinatos. Todo el mundo les echaba la culpa al gobierno, al servicio de inteligencia, a la policía que intentaba frenar lo que parecía una revolución popular", explica Nayib.La situación se complicó, agrega, porque a los intentos de derrocar el gobierno, se sumó la irrupción de terroristas del Estado Islámico (EI) en el país. Y la guerra, que ya lleva casi cinco años, fue incontrolable."Presencié una muerte, un asesinato y la gente lo festejó porque era un aliado del gobierno. Luego, antes de salir del país, entraron los terroristas al barrio nuestro; alrededor de 300 'barbudos', musulmanes fanáticos, a sembrar miedo", cuenta.Shadia vive en un vecindario cristiano en Homs. Su familia es de la minoría católica siriana ortodoxa. "A la semana, le conseguí visa para salir a ella y a mi abuela, pero no quiso irse hasta que salieran mi hermana que vivía con su hijo, entonces de 7 años, y su esposo", explica Nayib. Partieron rumbo a Egipto. De allí, Shadia tomó su vuelo a la Argentina. Cambio de plantes En Siria, Shadia era ama de casa. Es viuda, vivía bien, sin sobresaltos económicos gracias a las acciones que tiene en una empresa. Todos los años viajaba a Egipto, y había venido varias veces a Córdoba. "Vino con la esperanza de que iba a ser una revuelta popular que se iba a controlar, pasajera", subraya Nayib.Su casa es una de las pocas que quedaron en pie. En estos años, el 70 por ciento de Homs quedó reducida a escombros. La casa de su madre Mariam, quien vive también de manera forzada en las Sierras de Córdoba, quedó destruida."No tiene aberturas, los muebles están todos quemados porque como estuvieron tres años sin luz y sin agua, los usaban para calentarse o cocinar en el invierno, no tiene piso. Los terroristas vivían adentro. La guerrilla después fue trayendo a sus familias", cuenta.Nayib agrega: "Con reparaciones, la casa se puede volver a habitar; no es como la de mi abuela que hay que levantarla desde los cimientos". Cansados de la guerra Shadia se contacta casi todos los días con su familia en Siria. Allá quedaron hermanos y sobrinos que se van mudando a medida que los territorios se van ocupando o destruyendo. En Homs, gran parte de la población es empleada pública, que sigue cobrando su sueldo, pese a la parálisis que ha generado la guerra. "Están muy cansados y muy saturados, pero es su nación, su país y la están aguantando como pueden", cuenta la mujer, quien desea regresar, pese a que el riesgo es muy grande.Las posibilidades de retornar son casi nulas. Después de despedirse de su hija en Egipto, El Cairo cerró la frontera y, pese a que Shadia tiene registrados muchos ingresos a ese país y hasta residió allí durante un año, le negaron la visa.Como consecuencia, no podría regresar por Egipto. Tampoco hay vuelos a Siria, con lo cual debería aterrizar en Turquía o El Líbano y de allí trasladarse en taxi o colectivo, en una ruta muy peligrosa.En Córdoba, Shadia se siente casi enjaulada, pese a que convive con su hijo, su nuera y dos nietos. No habla el idioma, no tiene adónde salir ni con quién tener una vida social. "Es la primera vez que me encierro así", plantea.Shadia explica que la guerra de Siria es la guerra de otros. "Todo ha sido alimentado desde afuera. Todo el armamento es de última tecnología, no lo tienen ni los marines. Ingresa por medio de Turquía, lo paga Arabia Saudita y lo fabrica Francia, Estados Unidos. Está el circuito totalmente armado", refiere.La mujer cree que es muy difícil que haya paz en Medio Oriente, en el sentido que los occidentales le dan al concepto de paz. "Paz no va a haber, sino triunfo de la realidad, la verdad", concluye.

