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Puro de amor y odio

Fidel Castro ejerció el poder durante medio siglo. Trascendió más allá de su país al convertirse en un líder carismático que enfrentó a los Estados Unidos en la Guerra Fría. No obstante, también fue implacable frente a sus opositores y forjó una estructura de mando que impidió a Cuba asomarse más allá de su sombra.

27 de noviembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Puro de amor y odio
(Ilustración de Juan Delfini)

Fue la ilusión también el desencanto. El mundo, especialmente el que alumbró partido en dos después de la Segunda Guerra Mundial, lo vio jugando recostado en uno de sus polos y convertido en un líder carismático, con vigencia de medio siglo.

LA MUERTE DE FIDEL. Canal especialPara algunos fue el guerrillero romántico que enamoraba desde el sonido discursivo, el que asomaba envuelto por el humo de un puro y planteaba ideales de igualdad durante horas. Para otros, Fidel Castro Ruz fue un dictador implacable: capaz de fusilar incluso a sus amigos de lucha.Desde su irrupción en la política universitaria le hizo la guerra a la injusticia, pero terminó siendo injusto. Nunca aceptó que Cuba podría desandar el siglo 21 sin su sombra, ya difusa desde la caída del Muro de Berlín, en 1989. Incluso, su sed de poder y eternidad le hicieron creer que podría ir contra la ley de la gravedad y soportar estoico el desplome de la Unión Soviética.Tad Szulc, uno de sus principales biógrafos, explicó que Fidel ejerció el poder con el convencimiento de que era un líder destinado a desempeñar un papel "crucial" en la vida de los hombres. Y en parte lo fue, durante casi 50 años.Podría decirse que Fidel nació dos veces. La primera ocurrió el 13 de agosto de 1926 en Birán (cerca de Holguín) y, la segunda, el 1° de enero de 1959, cuando entró triunfante en La Habana e inició un camino que dos años después lo convertiría en emblema mundial. Todavía no había cumplido 35 años.Entre esas fechas, Castro creció en un hogar acomodado, católico y de ascendencia española. Estudió en Santiago de Cuba y en la Universidad de La Habana, donde se puso la toga de abogado. Pero, en los primeros años de la década de 1950 ya le sentaban mejor la pistola y el fusil que los códigos Penal, Civil o Comercial. A la luz del día hacía política tradicional, por la noche planeaba una revolución desde el único umbral que parecía posible: la lucha armada.Un dictador títere de Estados Unidos, como Fulgencio Batista (llegó al poder en 1952), le daría a Castro el empujón definitivo para forjar su camino de rebelde hacia Sierra Maestra.Por entonces, Cuba era una suerte de isla cabaré para la mafia estadounidense, que explotaba hoteles, casinos y prostitución. En el interior, lejos de las playas, los ingenios azucareros y la industria del ron y el tabaco eran controlados por familias tradicionales, también vinculadas a los vecinos poderosos. La gente común era pobre y analfabeta.Contra esa realidad se plantó Fidel. Y fue el que enamoró a los jóvenes del mundo, en tiempo de Los Beatles y de la guerra en Vietnam. Estados Unidos nunca entendió cómo podría contrarrestar la influencia de Castro en Cuba, pero él si supo que podría tener un gran padrino para equilibrar las cargas: la Unión Soviética.Entre atentados contra su vida y el intento de invasión en Bahía de Cochinos, Washington empujó a los hermanos Castro y al Che Guevara a optar entre el fin del cambio que iniciaban o aceptar el abrazo del oso de Moscú.Después de su histórico discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas de 1961, la sovietización cubana fue irreversible.Un año después, con 36 años, Castro sería uno de los tres hombres más observados del mundo. No por su encanto avasallante, sino porque en su tierra habían instalado tantas ojivas nucleares como para volar la Tierra. Los otros dos hombres tan mirados como él eran John Kennedy y Nikita Kruschev, los dueños de los misiles y del botón para ejecutar a la humanidad. Castro no salió indemne de aquellas horas conocidas como "la crisis de los misiles". Más bien perdió en la negociación entre los bloques de poder.La Unión Soviética se llevó sus cohetes y Estados Unidos bajó la tensión en Europa. En cambio, a Cuba nunca le retirarían el embargo comercial que aún perdura. En Key West, en La Florida, hay un cartel que señala hacia la isla y apunta las 90 millas o 144 kilómetros de distancia. Aunque parece corta, durante décadas fue la distancia entre el mundo real y el utópico. Desde Miami, los cubanos en el exilio se encargaban de exagerar uno y otro.Desde que llegó al poder, Castro vio pasar a 11 presidentes de los Estados Unidos. Él lo tomaba como una victoria, pero los nietos de la Revolución de los Barbudos ya lo veían como derrota.La caída de la Unión Soviética encontró a Cuba viviendo de un subsidio que ya no tendría. Nadie le pagaría por su azúcar hasta diez veces su valor y allí se vio que el líder que había alfabetizado a su país no tenía muchas cartas para jugar. No dio el brazo a torcer, pero a un costo muy alto.Llegó a quedar pegado en el narcotráfico. Cuando la sospecha de una relación con Pablo Escobar podía complicarlo, no dudó en acusar y fusilar al general Arnaldo Ochoa, uno de sus amigos en la vida y en la guerra. Cuando apareció Hugo Chávez y con él los generosos fondos del petróleo venezolano era demasiado tarde. Cuba estaba tan pobre como antes y Fidel, en una retirada obligada por el reloj biológico.