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No sonría, lo estamos espiando

A 20 años de la muerte del fundador de Corea del Norte, el régimen prohíbe las risas y los gritos.

12 de julio de 2014 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
No sonría, lo estamos espiando

El martes se cumplieron dos décadas de la muerte del fundador de Corea del Norte, Kim Il-Sung, el adorado “presidente eterno” del hermético Estado comunista. El gobierno decidió celebrarlo “a lo grande”: prohibiendo sonreír, levantar la voz, bailar o beber alcohol. El régimen impuso el luto en cada detalle de la vida cotidiana.

Pasaron 20 largos años desde la muerte del “gran líder”, pero nada cambió en el pequeño y desafiante país. Los norcoreanos vieron en estos días los mismos documentales que glorifican su vida y obra, narraciones que mezclan mucho mito y algo de realidad sobre el hombre que luchó contra la colonización japonesa de Corea (1910-1945), fundó con apoyo soviético la República Popular Democrática de Corea y se autoproclamó líder máximo en 1948. Desde entonces hasta ahora, la maquinaria propagandística no se tomó vacaciones ni feriados.

El inescrutable régimen se perpetuó en el hijo del fundador, Kim Jong-Il, quien gobernó desde 1994 hasta su muerte en 2011, y ahora continúa bajo la mano dura de su nieto, el joven Kim Jong-un. A fuerza de incesantes amenazas nucleares y bajo el ala protectora de una paciente China, esta dinastía consiguió algo prodigioso: mantener a todo un país aislado del resto del mundo durante más de seis décadas.

El escudo es tan fuerte que ha resistido cada embate globalizador del mundo exterior. Ese hermetismo no hubiera sido posible sin la ideología socialista de autosuficiencia que ideó Kim Il-Sung, la Juche , que provocó auge económico en los '70, pero que a la larga hundió en la miseria a la mitad norte de la península coreana, donde hasta el tiempo permanece estancado.

Amenazas y reclamos

Así como poco entra, también poco es lo que sale de Corea del Norte. Las escasas noticias que nos llegan de ese rincón del mundo tienen que ver con oscuras amenazas, ensayos militares, confusas purgas internas en el poder y, sobre todo, quejas: ayer, el régimen de Pyongyang tildó de "grave e imperdonable provocación" la llegada a Corea del Sur de un portaaviones nuclear estadounidense que participará en maniobras militares; el jueves, tachó de "acto de guerra" la última película del actor norteamericano James Franco, La entrevista , una comedia cuya trama se centra en un plan para matar a Kim Jong-un; y la semana pasada no pudo disimular su enojo cuando el mandatario chino, Xi Jinping, rompió la costumbre de visitar antes Corea del Norte que Corea del Sur en su visita a la península.

Ante el desaire del mandatario chino, que intenta cerrar un acuerdo de libre comercio bilateral con Seúl antes de fin de año e incluso expresó su deseo de lograr la desnuclearización de Pyongyang en el corto plazo, el gobierno de Kim Jong-un volvió a demostrar su poderío militar con tres lanzamientos de misiles de corto alcance y amenazó con continuar probando sus armas.

Parece que el aliado principal de Corea del Norte, su fuente crucial de combustibles y alimentos, empieza a soltarle la mano. El gigante asiático está más interesado hoy en el crecimiento económico que en vetustas e incómodas simpatías ideológicas. De repente, el régimen norcoreano se queda sin razones para volver a sonreír tras los días de luto.