Temas del día:

No es el final, sino el principio

Estados Unidos reabrió su embajada en La Habana. El desafío que sigue es desarticular el embargo a la isla, vigente desde 1962.

16 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
No es el final, sino el principio

Otros presidentes lo habían intentado, como los demócratas Jimmy Carter y Bill Clinton. Pero el acercamiento de Washington a La Habana que terminó en la reapertura de la Embajada estadounidense en Cuba fue trabajado durante un año en Canadá y en el Vaticano por iniciativa de Barack Obama.

Durante la campaña presidencial de 2008, la que lo llevó a su primera presidencia,

Obama le dijo a un grupo de partidarios demócratas cubanoamericanos en Florida que se reuniría con Fidel Castro en algún momento. Estaba convencido de que el embargo solo servía para que el régimen castrista justificara su autoritarismo. Pero lo que más le preocupaba era que la posición de Estados Unidos en América latina se veía seriamente perjudicada por ese empecinamiento de sus antecesores en mantener el bloqueo.

Hoy, tras el enorme avance de Obama y de los hermanos Castro de acordar la normalización de las relaciones bilaterales, cabe recordar cómo se encuentra Cuba ante este momento histórico.

La isla ya no tiene el peso político de otros tiempos. No lo tiene económicamente, por su tamaño, la falta de industrias y su economía estancada. Esto último a causa del embargo, en gran medida, pero también por la estrategia de los Castro durante sus más 50 años en el poder. Hoy Cuba depende del petróleo para comercializar que le vende a precio subsidiado su mejor aliado, el venezolano Nicolás Maduro.

Tampoco tiene peso estratégico en los países de la región, aunque sí una enorme autoridad simbólica que emana de su historia y la resistencia de su pueblo tanto frente al embargo estadounidense, impuesto en 1962, como a la dictadura que lo obligó a soportarlo.

Por eso el gobierno de los hermanos Castro brinda apoyo declarativo a Nicolás Maduro, Evo Morales, Rafael

Correa, Daniel Ortega y Cristina Fernández; los asesora en materia de inteligencia y envía médicos y maestros a Brasil y a Venezuela. La contraprestación, realmente importante, fue una enorme contradicción para gobiernos que se adjudican la condición de progresistas: la omisión de todo reclamo sobre las libertades políticas y las violaciones a los derechos humanos en la isla.

Ahora, el embargo 

Se hace difícil pensar que quien suceda a Barack Obama en la Casa Blanca intente revertir este proceso que implica un enorme avance. A pesar de que algunos sectores extremistas del Partido Republicano se han manifestado en contra, resulta inimaginable que una vez que Cuba esté abierta a los negocios sean justamente ellos los que intenten volver al pasado.

El comercio entre ambos países, una vez normalizada la situación, podría llegar a los 20 mil millones de dólares, según estima The Wall Street Journal. Hoy es muy inferior, pero no es cero. Estados Unidos le vende a Cuba sus productos, sobre todo alimentos, por un valor de 400 millones al año. En cambio, Cuba no podía (y no puede) vender prácticamente nada a Estados Unidos.

Tradicionalmente la resistencia a la apertura provino de la comunidad cubanoamericana (los exiliados que comenzaron a llegar a Estados Unidos en los años 1960), pero el cambio generacional producido en los últimos años ha apaciguado los ánimos. Los más jóvenes, hijos y nietos de esos primeros cubanos radicados en la península de Florida, no piensan en términos de Guerra Fría y apoyan mayoritariamente la apertura.

Se calcula que la población cubanoamericana ronda los dos millones de personas. De ellos, más de 500 mil cubanos llegaron a Estados Unidos después de 1990. Según una encuesta del Pew Research

Center, entre estos últimos predomina la convicción de que los cubanos de la isla y los de Estados Unidos comparten muchos valores. Esta opinión contrasta con la de la generación anterior, que consideraba que entre ambos grupos había muy poco o casi nada en común.

Esto se refleja en el hecho de que no existe ya la adhesión al embargo que era predominante entre los cubanoamericanos hasta hace 20 años.

Este criterio seguramente será tenido en cuenta por los legisladores estadounidenses a la hora de negociar las leyes involucradas con el bloqueo, mucho más porque la mayoría de los ciudadanos está en contra de mantener el embargo. Desarticularlo, no obstante, llevará más tiempo, ya que no depende de una ley sino de un entramado de normas que requerirán mucha negociación en el Congreso.

De ahora en más veremos seguramente una lucha por el equilibrio. Por un lado, Estados Unidos y sus intentos de colonizar política y comercialmente a la isla. Por el otro, el régimen castrista intentando preservarse el mayor tiempo posible. Y, por el otro, el pueblo cubano, imposibilitado de expresar su voluntad en elecciones libres.

En algún momento, esto último deberá solucionarse para poder incidir en los otros dos factores.