Militantes del terror
La noticia parecía auspiciosa. El acuerdo, gestionado por la Cruz Roja en Chad y anunciado por el gobierno nigeriano, hablaba no sólo de la liberación de las niñas, sino también de intercambio de prisioneros y hasta del final de la insurgencia.
El viernes pasado corrió el rumor de que el grupo Boko Haram (BH) había llegado a un acuerdo con los militares nigerianos para liberar a 200 chicas que había secuestrado en la ciudad de Chibok en abril.
La noticia parecía auspiciosa. El acuerdo, gestionado por la Cruz Roja en Chad y anunciado por el gobierno nigeriano, hablaba no sólo de la liberación de las niñas, sino también de intercambio de prisioneros y hasta del final de la insurgencia.
Parecía demasiado bueno para ser cierto. Ayer, nuevos ataques y más muertes de civiles confirmaron que BH no considera seriamente una alternativa a la violencia.
El anuncio al menos sirvió para que este secuestro masivo, que implica un terrible destino para sus víctimas, volviera a ser foco de atención mundial, después de haber pasado rápidamente al olvido a causa del avance del llamado Estado Islámico (EI) en Siria y la epidemia de ébola en países vecinos a Nigeria.
Como ya es sabido, el nombre Boko Haram significa “la educación no islámica es pecado”. El grupo se autodenomina islámico, pero ataca por igual a cristianos y musulmanes, inclusive los templos de ambas religiones. Opera en un país dividido en dos: en el norte predominan los musulmanes y en el sur, los cristianos.
En lo que va del año, el grupo asesinó a tres mil personas, según Human Rights Watch, y secuestró a mujeres y niños. Según el gobierno de Nigeria, los muertos a manos de esos fanáticos son 12 mil desde 2009.
Varias negociaciones han fracasado desde que se produjo el secuestro de las estudiantes cristianas y mientras duró la indignación internacional.
El anuncio del viernes estuvo acompañado por el escepticismo de los ciudadanos nigerianos, que ya han visto varios de estos episodios. Además, como el grupo está dividido en varias facciones enfrentadas entre sí, no había certeza de los resultados.
La actividad de BH en Nigeria tiene semejanzas con la del Estado Islámico en Siria e Irak, como que un exlíder, Mohamed Yuzuf, admiraba a los talibanes. Ambos grupos son igualmente sanguinarios y violentos.
Un grado más el EI, por la forma en la que asesinó y divulgó sus crímenes. Ambos dominan de hecho partes del país y desplazan a las autoridades del Estado y ambos operan desde países vecinos gracias a que las fronteras son inexistentes en el terreno. No consta que BH sea aliado de Al Qaeda, como sí el EI, al menos en sus orígenes.
En las zonas en las que se maneja el grupo terrorista, los civiles tienen que hacerse cargo de la defensa que el gobierno no les provee.
Esto ocurre en Maidiguri, muy cerca de Chibok, en el nordeste del país, donde se supone nació Boko Haram.
Este pueblo, al que el presidente
Goodluck Jonathan prometió visitar varias veces pero nunca lo hizo, se defiende como puede del terror de los insurgentes, incluso con fuerzas parapoliciales, con todo lo que ello implica. No ayuda el hecho de que el gobierno haya declarado ilegales y reprimido las manifestaciones en reclamo de la liberación de las estudiantes.
Los pobladores aseguran que siete padres relativamente jóvenes murieron de infartos y de ACV después de que sus hijas fueran víctimas del secuestro masivo. También denuncian que la ayuda internacional ha sido muy mezquina, como siempre.
De las 300 raptadas originalmente, unas 100 lograron escapar y muchas volvieron a la escuela, un acto verdaderamente heroico en ese marco.
Contrastes
Todo esto ocurre en Nigeria, el país de economía más fuerte de África, el primer exportador de petróleo del continente (puesto que se ve amenazado por la enorme escala del robo de crudo).
Los 166 millones de nigerianos se dividen entre una elite muy rica y una mayoría enorme y pobre. Sólo en la capital, Lagos, viven 21 millones de personas, el 70 por ciento de ellas, en condiciones de marginalidad. Una marginalidad que no es nada comparada con lo que padecen los ciudadanos del interior profundo del país.

