Matrimonio entre política y religión
La idea de poner bajo fuego a los delincuentes sueltos en congruente con la presencia de uniformados en el gobierno.
El aspecto que merece un capítulo aparte en la nueva etapa que comienzan a desandar los brasileños, ahora que asumió Jair Bolsonaro como presidente, es la fuerte influencia que tendrán los evangelistas en los pasillos del poder.
Los miembros de las iglesias evangélicas ya representan a más del 22 por ciento de la población del país (lo que suma unos 42 millones de fieles), con una rápida evolución en las últimas décadas en detrimento de la grey católica.
Ese crecimiento también se verifica en el ámbito político, a través de la cada vez más significativa presencia en el Parlamento.
La mayor parte del electorado evangélico, que en otras épocas supo encolumnarse tras la figura de Lula da Silva, volcó su apoyo a Bolsonaro y fue determinante en las elecciones que le dieron el triunfo.
Ese sector de la sociedad siente ahora que el militar retirado expresa de manera contundente su visión conservadora del mundo, que en ocasiones puede empalidecer a las posiciones expuestas por lo más rancio de la jerarquía de la Iglesia católica.
Los poderosos líderes de las congregaciones evangélicas más importantes adhirieron abiertamente al dirigente ultraderechista, que profesa sin filtro un virulento rechazo a la ideología de género y la homosexualidad, además de haber fijado una firme posición antiabortista.
Ahora, en el gabinete de Bolsonaro se destaca una pastora evangelista, Damares Aves, designada como ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos y autora de una frase que ya ganó un lugar en la historia: “En esta nueva etapa, los niños van a vestir de azul y las niñas de rosa”.
Pese a su conversión al credo evangelista en 2016, Bolsonaro también mantiene un fuerte vínculo con jerarcas de la Iglesia católica, que si bien está debilitada aún tiene en Brasil a la comunidad más grande de fieles de toda Latinoamérica.
El matrimonio entre la política y la religión será sin dudas un sello distintivo del nuevo ciclo que empezó en Brasil.

