Los eufemismos, primera munición
A esta altura del siglo 21, pocos creen en “respuestas limitadas y proporcionales” que no desaten nuevas reacciones, en países “democratizados” a bombazos o en “daños colaterales” que no signifiquen más muertos.
“Atacar Siria no es ir a la guerra: acordamos que no habrá tropas en el terreno esta vez”, dijo ayer el secretario de Estado, John Kerry, jefe de la diplomacia estadounidense, en un intrincado alegato a favor de una ofensiva militar ante miembros del Congreso de su país.
“El conflicto de Siria contiene todos los ingredientes para explotar en una guerra de dimensiones mundiales”, había advertido horas antes Mario Toso, funcionario del Vaticano, haciéndose eco del enfático clamor de “¡Basta de guerra!”, que pronunciara el domingo ante la Plaza San Pedro el papa Francisco.
¿Qué tipo de conflicto es entonces el que amenaza con desatarse en cualquier momento?
En su argumentación junto con Chuck Hagel, jefe del Pentágono, Kerry trató por un lado de minimizar el impacto que supondría para su país involucrarse en otra batalla, y para su presidente, Barack Obama, de abrazar el modelo de intervención militar a contrapelo de la ONU empleado por su predecesor, George W. Bush, hace una década en Irak. “Esto no es Irak y no es Afganistán”, repitió Obama antes de anunciar que esperaría el visto bueno de los legisladores (no del Consejo de Seguridad) para dar la orden de atacar.
Es curioso, pero mientras más intenta su administración diferenciarse de los halcones republicanos que la precedieron, más se la asocia con ellos. “La falta de acción frente al uso de armas químicas sería aún más grave que atacar”, justificó el demócrata Bob Menendez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, quien opinó que no actuar implicaría la “pérdida de la credibilidad estadounidense en el mundo”. ¿Un bombardeo “quirúrgico” preservaría esa supuesta credibilidad?
Kerry habló de “la línea roja de la humanidad”, en obvia alusión a la originaria advertencia de Obama de que un eventual ataque químico del gobierno de Bachar al Assad lo “obligaría” a actuar. Claro que, para considerar traspuesta su línea roja, Estados Unidos se adelantó a los informes de expertos enviados por la ONU y sentenció como verdad irrefutable que el 21 de agosto pasado el gobierno sirio lanzó el ataque en la periferia de Damasco que, según voceros rebeldes, dejó 1.429 muertos por agentes químicos, 426 de ellos niños. En las redes sociales no faltaron quienes se preguntaron estos días si las otras más de 100 mil muertes relevadas antes por Naciones Unidas no eran dignas de reacción.
Pero lo que fueron primero especulaciones sobre una posible manipulación del ataque o sus pruebas para buscar el detonante de una intervención abierta de Occidente en el escenario sirio, a esta hora ya son denuncias abiertas desde el gobierno de Damasco o aliados de peso, como Rusia. “El ataque lo lanzaron los rebeldes con ayuda de quienes le suministran armas, como Arabia Saudita o Qatar”, argumentaron funcionarios de Al Assad horas después de que las estremecedoras fotos de las víctimas de un posible gas venenoso recorrieran el mundo. “En esta historia está la mano de la CIA para facilitar una intervención”, sugieren desde Moscú en la antesala de la Cumbre del G-20, que mañana y el viernes tendrá en San Petersburgo a Vladimir Putin como anfitrión, a Obama como un protagonista clave y a Siria como tópico insoslayable.
A esta altura del siglo 21 pocos creen en “respuestas limitadas y proporcionales” que no desaten nuevas reacciones, en países “democratizados” a bombazos (ver Irak, Afganistán o Libia), o en “daños colaterales” que no acarreen más muertos.
Justificado temor, entonces, el de Francisco. Evitar un incendio mayor en una zona altamente inflamable compete a todos.

