Lobos solitarios, síntoma de una guerra sin fin
El generador de esta nueva secuencia nefasta de violencia es la eternización de una situación de opresión que condena a los palestinos a la condición de parias.
El conflicto árabe israelí es una bomba de tiempo que nadie tiene la voluntad de desactivar. Cada tanto, explota. Los escombros que quedan se van acumulando, explosión tras explosión. Hoy, el saldo de ese proceso que lleva medio siglo es tan difícil de revertir como lo sería aplanar una montaña de roca sólida. En ese marco de violencia larvada se produce el levantamiento de los cuchillos, ataques de "lobos solitarios" palestinos. El detonante fue la imposición a los árabes de restricciones del acceso a la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén. Pero no es este hecho aislado el generador de esta nueva secuencia nefasta de violencia terrorista, sino la eternización de una situación de opresión que se mantiene a través de las décadas y que condena a los palestinos a la condición de parias o, en el mejor de los casos, de ciudadanos de segunda. Estos ciudadanos de segunda optan por la violencia como paliativo de su frustración. Saben, seguramente, que lo que hacen no lleva a ningún lado y que en realidad los perjudica, pero el odio acumulado los lleva a actuar de esa forma. Es el mismo odio que radicaliza a los jóvenes palestinos con formación universitaria, un peligroso síntoma que habla claramente de que el conflicto no tiene límites en el futuro. ¿De qué se quejan los palestinos? De no tener su propio país, de vivir en territorios sobre los que avanza su peor enemigo sin que nadie haga nada por impedirlo, de la discriminación racial, de la demonización del islam, de la corrupción de sus propios gobernantes atornillados al poder a costa de su sufrimiento. Se quejan de 60 años de frustraciones, guerras, enfrentamientos y restricciones a sus derechos más básicos.Los atacantes son palestinos, pero en algunos casos son ciudadanos árabes israelíes. El 20 por ciento del total de la población de Israel es árabe-palestina y tiene ciudadanía israelí. Es una excepción a una ley de hierro que dice que solamente se puede ser israelí si se es judío o judía.Con la partición territorial por la ONU en 1947 comenzó un éxodo palestino que se agudizó con la declaración de la independencia de Israel en mayo de 1948. Muchos palestinos abandonaron la tierra del que sería el Estado judío por su propia voluntad, pero muchos otros fueron echados violentamente. Un tercer grupo decidió permanecer allí pese a todo, y ellos y sus descendientes configuran hoy la población árabe israelí. Son aproximadamente 1.700.000 personas. La mayoría se autoidentifica como palestino/a israelí, y aunque son ciudadanos de pleno derecho, en esa denominación (palestina) está implícita la crítica a Israel.La condición de árabe/palestino israelí implica contradicciones. Si bien reconocen que no podrían disfrutar iguales derechos y condiciones de vida en los países árabes de la región, resienten el trato discriminatorio que reciben.Quienes no tienen la ciudadanía, por elección propia, son los habitantes de Jerusalén Oriental, ocupada por Israel tras la Guerra de los Seis Días en 1967. Estos palestinos prefieren mantener el estatus de residentes permanentes como una forma de protesta por la ocupación. Ese documento les da libertad de acción para ir y venir (no como los palestinos de Cisjordania o Gaza) y eso amplía el área de su protesta.Es entre este último grupo que más rápido avanzó el levantamiento de los cuchillos. Dice mucho que la población palestina de Jerusalén Oriental tenga los niveles más altos de pobreza de Israel, sobre todo entre los jóvenes. Desde la ocupación israelí de Jerusalén Oriental y una veintena de aldeas cercanas, Israel ha construido decenas de barrios en los que residen no menos de 250 mil israelíes judíos. De esa manera se baja la proporción de palestinos en la zona, se ponen obstáculos entre estos y la mezquita de Al Aqsa y se aíslan los barrios árabes. El objetivo era unificar Jerusalén Este y Oeste bajo un único y férreo dominio israelí. Lo que está pasando pone en evidencia el fracaso de esa teoría defendida por la derecha en el gobierno. Tienen el poder, pero los atacantes que actúan solos lo desafían.Son casi 50 años de frustraciones y guerras, de enfrentamiento y restricciones. Ni los acuerdos de Camp David, ni los de Oslo, mucho menos los pedidos de líderes mundiales como el papa Francisco incidieron de manera efectiva en lo único que podría acercarse a una solución: la creación de un Estado palestino.Las declaraciones del primer ministro Benjamin Netanyahu sobre que habría sido un muftí palestino el inspirador del Holocausto judío no hacen más que confirmar a propios y extraños que el gobierno israelí desprecia la mera idea de acercamiento. Como la desprecian también los líderes palestinos de Gaza y Cisjordania (sobre todo los de la Franja), y los países árabes de la región.Entre todos mantienen a los palestinos en condición de rehenes políticos y eterno justificativo de una guerra sin fin.

