Lección para estadistas
Para comprender las ideas de Mandela, es de lectura obligatoria su alegato en el juicio de Rivonia, 1964, cuando fue condenado a cadena perpetua.
Murió Mandela. La noticia no sorprendió a nadie, pero le dolió a todo el mundo. Pocas personas en la historia concentraron en ellas admiración generalizada. Es el caso del líder sudafricano y de las otras dos que vienen a la memoria porque marcaron distintas etapas del siglo 20: el indio Mahatma Gandhi y el estadounidense Martin Luther King. A la par de los que ven en él una especie de santo, están los menos que intentan demostrar que la vida y la carrera de Mandela tuvieron puntos oscuros, poco conocidos y que serán sepultados en el habitual proceso de idealización de los líderes muertos. Se refieren principalmente a su opción por la lucha armada durante los '60.Para ayudar a comprender a esta gran figura de la política es de lectura obligatoria su alegato en el juicio de Rivonia, el 20 de abril de 1964, cuando fue condenado a cadena perpetua.El discurso es media hora de cátedra sobre estrategia política. Allí el líder ejerce su rol como tal, piensa y evalúa los compromisos ante sus seguidores, los miembros del partido y la comunidad en general. Revela con detalle la estructura organizativa del Congreso Nacional Africano (CNA) y los motivos por las que se adoptó esa estructura y no otra. En todo momento hace referencia a que las decisiones se toman de manera conjunta y democrática, y deja claro que el enemigo es el racismo y el autoritarismo, no la población blanca en general.Habla de la relación del CNA con los comunistas, los motivos que lo llevaron a adoptar la lucha armada y de la creación del brazo militar Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), qué hechos fueron responsabilidad de esa agrupación y cuáles no.A lo largo de los 29 minutos que le llevó pronunciar su discurso, Mandela explicó que el CNA había impulsado y aplicado la resistencia pacífica durante décadas, hasta que la opresión de un gobierno que negaba todos sus derechos resultó insoportable.No quiere una guerra civil ni una guerra interracial porque sabe que llevarían a un desastre. Por eso divide a las opciones de lucha armada en cuatro categorías: sabotaje, guerrilla, terrorismo y revolución, y explica que, luego de un largo debate, el CNA opta por la primera. El sabotaje no implica matar, apunta a perjudicar la economía del país, llamaría la atención en el exterior sobre la situación en Sudáfrica y podría forzar al gobierno a rever su negativa al diálogo.Mandela explica que la decisión se tomó después de la masacre de Sharpeville, en marzo de 1960, luego de que la represión contra manifestantes anti- apartheid dejara 69 muertos, incluidos varios niños, y se ilegalizara al CNA y al Congreso Panafricano (PAC, por su sigla en inglés). Fue el peor de muchos episodios de represión salvaje, no uno más, no el primero.El líder sudafricano se explaya largamente sobre este punto enfatizando una y otra vez, con ejemplos dramáticos, que todos los intentos de resistencia pasiva habían fallado: "El gobierno nos dejó dos opciones: someternos o rebelarnos. Elegimos quebrantar la ley", señala sin eufemismos. Era la ley ilegítima que negaba todo derecho a su gente y que condenaba con cárcel y latigazos (en pleno siglo 20) a quien hiciera campaña política contra el régimen.El UWS fue creado porque si la violencia que sufrían los sudafricanos negros no se canalizaba de alguna forma controlable, podía producirse un estallido terrorista interracial de un grado de virulencia que superaría a una guerra convencional. "Esa violencia no era terrorismo", dice Mandela, equiparando la lucha de UWS con la de una guerra de independencia. El estigma comunista Buena parte del alegato se dedica a explicar la relación de colaboración del Partido Comunista con el ANC. Los comunistas fueron clave en la lucha anti- apartheid y fueron clave también en la argumentación del poder blanco contra los negros. La excusa que blandían los diferentes gobiernos sudafricanos ante Estados Unidos y Europa para justificar la segregación racial era, precisamente, que si extendían los derechos de ciudadanía a todos los habitantes, el país sería ganado por el comunismo. "El comunismo apunta a eliminar las diferentes clases sociales; el ANC, en cambio, aspira a que vivan armónicamente", dice Mandela. Y agrega: "Rechazarlo por diferencias ideológicas referidas a los objetivos finales de nuestras respectivas luchas contra la opresión es un lujo que no nos podemos dar". Y luego de un pormenorizado resumen de las injusticias padecidas por la población negra, finaliza con un párrafo que repetiría 27 años después, al ser liberado: "He luchado contra la dominación blanca y contra la dominación negra. He celebrado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y tengamos las mismas oportunidades. Es un ideal por el que he vivido y espero alcanzar. Pero si es necesario, es un ideal por el cual estoy preparado a morir". Esa claridad estratégica, sumada a sus muchas virtudes como político y como persona, es lo que mantiene intacto su liderazgo, a pesar de la cárcel y el aislamiento al que fue sometido durante casi tres décadas. Cuando finalmente sale en libertad, en lugar del discurso revanchista que muchos habrían esperado (con razón), elige nuevamente el camino de la racionalidad. Mandela es consciente del desastre en que se podría haber convertido su país con una sola palabra suya. Su calidad intelectual e ideológica lo hacía ver más allá, siempre más allá que los demás.

