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La rebelión de los uigures

La población mayoritaria de la región de Xinjiang no es china, sino de origen turco-musulmán, y eso es fuente de problemas.

04 de mayo de 2014 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
La rebelión de los uigures

Un ataque terrorista perpetrado esta semana en la región de Xinjiang dejó tres muertos y decenas de heridos. En marzo, un ataque más violento aún había matado a 29 personas en la estación de tren de Kunming, en el sudoeste del país.

Estas noticias son un recordatorio de la persistente inestabilidad política en el extremo oeste de China, inestabilidad que exacerba los reflejos autoritarios de Beijing.

Xinjiang es una vasta región al nordeste de ese país que limita con Rusia, Mongolia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Pakistán y Afganistán. Su superficie es de 1.600.000 kilómetros cuadrados, lo que constituye una sexta parte de la superficie total del país. A veces se la llama “Turquestán chino”, porque el 45 por ciento de la población de esa región autónoma es uigur, de origen turco-musulmán. La segunda comunidad en importancia (40 por ciento y creciendo) pertenece a la etnia han, la que predomina en China. Los uigures son alrededor de nueve millones de personas y se sienten cultural y étnicamente más cercanos a las naciones con las que limita su región que a Beijing.

El colapso de la Unión Soviética y la independencia de las repúblicas que formaban la URSS en los ’90 alimentaron las ideas independentistas de la etnia uigur en esta región rica en minerales y otros recursos naturales.

Los uigures reclaman por la represión de la que son blanco permanente. Denuncian que el poder central impone restricciones al ejercicio de sus actividades culturales, comerciales y religiosas. Muchos uigures han tenido que exiliarse, al tiempo que Beijing impulsa la migración interna de personas de etnia han hacia esa provincia como contrapeso del predominio uigur.

Cada tanto llegan noticias de enfrentamientos entre grupos de las distintas etnias o de hechos represivos y operativos policiales que terminan con muertos y heridos.

Al igual que a Vladimir Putin en Rusia, a Beijing le sirve el argumento de la “guerra contra el terrorismo” impuesta tras los ataques del 11-S en Estados Unidos para reprimir violentamente a los uigures. Incluso acusa al principal movimiento independentista de ser socio de Al Qaeda. Esto puede ser cierto desde el momento en que militantes independentistas emigraron a Pakistán y Afganistán. Y aunque no sea cierto, sirve para justificar la brutalidad del poder central. Por ejemplo, estos argumentos se usaron en 2009, cuando 200 civiles uigures murieron reprimidos por las fuerzas de seguridad en Xinjiang. Peor aún, a lo largo del año pasado otras 100 personas murieron en hechos de violencia política y este año se produjeron varios ataques suicidas. En todos ellos, Beijing responsabilizó a un supuesto grupo extremista cuya existencia no está comprobada.

Algunos analistas apuntan que la actitud colonial de los funcionarios de la etnia han hacia los uigures genera más resentimiento aún, al igual que las tareas de inteligencia que tienen a las denuncias de vecinos como la principal fuente.

El uso de barba o velo está prohibido, al igual que el ayuno durante Ramadán, y los infractores pueden ir presos. Quizá lo más importante es que los uigures son quienes componen mayoritariamente el sector más pobre de la población, hecho que adjudican a la discriminación de la que son objeto.