La pregunta es por cuánto
A la hora de explicar el amplio favoritismo que tiene para comenzar a desandar hoy mismo su camino de regreso al Palacio de La Moneda, analistas y políticos de diferentes banderas consultados por este enviado coincidieron en apuntar como una razón fundamental el carisma personal de Michelle Bachelet.
A la hora de explicar el amplio favoritismo que tiene para comenzar a desandar hoy mismo su camino de regreso al Palacio de La Moneda, analistas y políticos de diferentes banderas consultados por este enviado coincidieron en apuntar como una razón fundamental el carisma personal de Michelle Bachelet. Esta sintonía con vastas capas de población, algunas muy disímiles de otras, se da con la candidata, más que con el conglomerado de fuerzas que representa Nueva Mayoría.
Sin embargo, la coalición heredera de la vieja Concertación de Partidos por la Democracia, que perdió el poder en 2010 frente a Sebastián Piñera tras 20 años de predominio, supo nutrirse de otros impulsos. En ese plano, más que la incorporación del PC (de apoyos nada despreciables en segundas vueltas del pasado), a Nueva Mayoría le sumó respaldo juvenil la llegada de dirigentes estudiantiles muy visibles en las marchas por una educación de calidad, inclusiva y sin lucro, como Camila Vallejo.
Claro que estas incorporaciones, como las de algunos dirigentes sociales, suponen compromisos programáticos que deberán cumplirse si el preanunciado regreso de Bachelet se materializa.
Las urgencias de los estudiantes quizá no tengan el impacto vital de una salud de calidad que hoy sólo llega a los más ricos, pero las federaciones de alumnos universitarios, secundarios y hasta los “pingüinos” más jóvenes ya dieron muestras de capacidad de movilización.
Los errores
Para explicar el favoritismo de Bachelet, también hay que apuntar los errores de la Alianza oficialista, que arrancó con el exministro Laurence Golborne (de protagonismo en el rescate de los 33 mineros) como dueño de una candidatura abortada antes de florecer. Luego siguieron las primarias del 30 de junio pasado, en las que Pablo Longueira de la pinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI) derrotó a Andrés Allamand, de Renovación Nacional (RN, el partido de Piñera), pero se bajó de la postulación alegando un cuadro depresivo del que nadie dijo saber nada.
Así llegó la candidatura de Matthei (UDI y ex-RN), casi por decantación y sin ser votada en una interna, lo que fue considerado “un error” por Carlos Larraín.
Además, a Matthei le salió por derecha un detractor y captador de votos como Franco Parisi, fenómeno extrapartidario equiparable, aunque diferente, a lo que fue Marco Enríquez Ominami para Eduardo Frei y la Concertación en 2009.
Sumado a todo ello, el descontento en capas sociales crecientes por una bonanza macroeconómica de la que no todos disfrutan abonó el terreno para que las promesas de Bachelet germinaran e hicieran sombra al gobierno que se irá el 11 de marzo.
Ni siquiera cundieron los mensajes alarmistas de estrategas de la Alianza oficialista como el economista Felipe Morandé, de que las promesas opositoras, de concretarse, supondrían un estancamiento o un retroceso a partir del aumento de impuestos para afrontar “costos sociales”.
Los mercados parecen haber asumido sin traumas que la exmandataria vuelve a La Moneda. Quizá por todo ello, la pregunta de hoy no es quién, sino por cuánto.

