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La obsesión por su seguridad, la última charla en Córdoba

Antes de partir en el último viaje al extranjero, Fidel mantuvo una larga conversación con Alejo Paredes, encargado de su custodia. Los recuerdos sobre los intentos de matarlo y la pasión por las armas ocuparon buena parte de aquella conversación en el aeropuerto.

27 de noviembre de 2016 a las 12:01 a. m.
La obsesión por su seguridad, la última charla en Córdoba
Con el Eter. El equipo de elite de la Policía tuvo a cargo la custodia de los presidentes en la Cumbre del Mercosur.

Fue el último que estuvo con él antes de que se fuera de Argentina, en aquel último viaje al exterior previo a la enfermedad que lo terminó alejando del cargo que había ocupado durante casi ­medio siglo.La charla duró casi dos horas en una sala del viejo aeropuerto Ambrosio Taravella y el propio Fidel Castro pidió expresamente esa conversación. Alejo Paredes era por entonces jefe del Eter, el grupo de élite de la Policía de Córdoba, al que le habían asignado la custodia de los presidentes que vinieron a la Cumbre del Mercosur ampliado en julio de 2006 en Córdoba.

LA MUERTE DE FIDEL. Canal especialParedes, que después fue jefe de Policía y ministro de Seguridad, asumió a su cargo el operativo del visitante más complejo, el presidente de Cuba.Dos semanas antes, llegó a Córdoba el que era por entonces uno de los jefes de seguridad de Castro, un veterano militar que había combatido con Castro en Sierra Maestra.En aquellos 15 días de supervisión de recorridos, sala de reuniones, lugares en los que se iban a hacer los actos públicos, Paredes escuchó largos relatos de cómo habían sido los intentos de atentados contra Castro tanto en Cuba como en el extranjero.Uno de los líderes mundiales ­sobre los cuales más se tramaron e intentaron ejecutar acciones para quitarle la vida, iba a terminar muriendo a los 90 años por causas naturales. Manotazo al ron A la distancia, Paredes evocó ayer a La Voz uno de los tantos de aquellos episodios.A Fidel le gustaba cerrar sus jornadas en La Habana tomando un ron siempre en el mismo bar. El mozo que lo atendía era más que de confianza porque hacía 10 años que todas las tardecitas estaba encargado de servir el mejor añejo para el comandante. Hasta que un día, cuando Fidel se estaba llevando el pequeño vaso a la boca, el jefe de la custodia le pegó un manotazo y arrojó todo el ron envenenado al piso del bar, además de salpicar su chaqueta y la del presidente. ¿Cómo lo descubrió? Al mozo de confianza le tembló la mano cuando sirvió el vaso con ron, había sido cooptado por los servicios extranjeros y no podía disimular el nerviosismo.Paredes escuchó de boca del propio Fidel los intentos de atentados de los que había sido objeto.Estaba muy agradecido por la manera en que lo habían tratado en Córdoba y se había protegido en la estadía que duró bastante más que la Cumbre, porque se quedó junto a Hugo Chávez para ir a Alta Gracia a la casa del Che. Armas en mano La extensa charla con Paredes mano a mano en la sala del aeropuerto contigua a la pista generó inquietud. Todos esperaban la partida de Fidel Castro y el líder cubano no aparecía en el avión.Había tres aeronaves del Gobierno cubano en la pista y Fidel se subió a uno de los más pequeños. En los otros iba la comitiva que había estado en Córdoba desde bastante antes de la Cumbre.A 10 años, Paredes recuerda aquella conversación que arrancó con Castro pidiéndole la pistola israelí que portaba el entonces jefe del Eter y apuntándolo como para probarla. También revisó el fusil que tenía el policía.Hablaron mucho de armas, una pasión compartida, de los operativos de seguridad que montaban cuando salían de Cuba, de los que disponían en la isla, de los combates contra el ejército de Batista, de los preparativos para repeler invasiones estadounidenses."Fidel no paraba de hablar, gesticulaba, me contaba cosas actuales y del pasado, me preguntaba. Recuerdo cómo se puso cuando empezó a explicarme de los entrenamientos para contrarrestar una posible invasión yanqui. Ponían globos en las playas y los soltaban para dispararles como si fuesen paracaidistas estadounidenses y Fidel se ponía en posición de tiro mientras contaba", evoca Paredes.Cuando ya se habían despedido, el entonces joven oficial de la Policía se quedó en la pista esperando la salida de los aviones. Bajó un custodio y lo hizo subir a la máquina en la que estaba Fidel. El presidente le regaló una botella de ron, tres cajas de habanos Cohiba y una tarjeta personal.