La canción del elegido
No voy a hablarles de un hombre común. Nadie podrá negar la enorme incidencia que tuvo Fidel Castro en América.
Pero esta historia es díficil. No voy a hablarles de un hombre común.
Palabras más, palabras menos, las crónicas sobre Fidel Castro -ahora que comparece ante el juicio de la historia- comenzarán de ese modo. Como en los primeros brotes de la canción de Silvio Rodríguez, el poeta cubano que más lo admiró.
Y hasta tanto la historia no disponga su fallo de absolución o condena (si es que esa sentencia ilusoria en verdad pudiese existir) sólo hasta allí llegarán las coincidencias.
Nadie podrá negar la enorme incidencia que tuvo Fidel Castro en América. Todos dirán que fue un protagonista de su tiempo, un testigo elegido de su siglo.
Para bien o para mal. Para bien y para mal. De dilucidar esos términos se tratará el juicio.
Con la muerte de Castro se esparcirán hoy por el mundo las cenizas de una discusión que enfrentó durante más de medio siglo a América contra sus furias y sus miedos.
Como un huracán del trópico, con su puño enardecido y un verbo devastador, Castro irrumpió en una escena de dictaduras caribeñas que se extendían con crueldad y desmesura.
Los países emancipados de la más antigua colonización europea parecían subyugados por una nueva progenie de patrones prostibularios. Fulgencio Batista o Rafael Trujillo, qué mas da. Sus nombres se han perdido en la espesura e incluso se confunden con tenebrosos personajes de ficción.
Castro tronó en discursos de la mañana a la noche y empuñó fusiles desde la noche hasta el alba. Cuando la revolución que ansiaba y conducía triunfó, en el primer día del año 59, un siglo cambió para siempre. Una ilusión libertaria recorrió el continente. Se apretujaban en ella dolientes que venían del fondo de la historia y un discurso potente.
Pero también el mundo que acogió la novedad era distinto. Comenzaban los turbulentos años sesenta. ¿Acaso no estaba ya -aun sin ser conciente de ello- una generación entera preparada y a la espera de la mítica imagen del Che?
Pronto la revolución cubana se reveló como algo más expansivo y sombrío que la destitución de Batista. Y no tanto por su interés declamado por el internacionalismo socialista, sino por la potencia icónica que sus protagonistas supieron adquirir con destreza en ese mundo inquieto, hambriento de novedades.
Y también pronto, como inevitablemente rápido es el tránsito del acceso al poder a su ejercicio, Castro rebautizó el nombre de su enemigo. Subido a los tanques de la guerra fría inició una disputa con la América del Norte, a la que hizo -no sin algunas razones- el destino de todas sus invectivas.
En ese pleito perduró hasta ayer. Hacia allí orientó las energías que consideró más nobles y allí justificó sus más terribles excesos.
En ese pleito su imagen se fue transfigurando, como en una oscura y viscosa mutación lenta. Del libertario idealista, al dictador implacable.
Cuando la revolución cubana se entregó, geriátrica y exhausta, a un acuerdo con Estados Unidos mediado por el Vaticano, Fidel Castro ya estaba recluido en su crepúsculo, como un anciano coronel de García Márquez.
Pudo haber caído en la batalla. No fue así. A los 90 años, cuando no quedó sino "el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre", metió la cabeza entre sus hombros y murió.
También él confundido, al fin, en otro personaje de ficción.

