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Hacer equilibrio en terreno resbaloso

Dilma Rousseff ha comenzado su segundo mandato con discursos, promesas y gestos que requerirán de un complejo equilibrio.

02 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Hacer equilibrio en terreno resbaloso

Habló de la necesidad de adoptar medidas drásticas pero siempre prometió dejar intocables las conquistas sociales que marcaron estos 12 años de gestión del Partido de los Trabajadores (PT) en el Palacio del Planalto. Nominó semanas atrás a un ortodoxo como Joaquim Levy para delinear recortes y asumir un perfil que los mercados y la principal fuerza de oposición pedían al Ministerio de Hacienda. Reclamó una suerte de pacto nacional para dejar atrás una corrupción endémica en el país, cuya última muestra es el escándalo que se ventila en la compañía estatal Petrobras, en la que deslizó que las culpas no tienen un único responsable.Ratificó que la prioridad en política exterior serán sus vecinos más cercanos y el seguir apuntalando emprendimientos regionales como el Mercosur, la Unasur y la Celac, pero dejó entrever un deshielo en la relación con Estados Unidos a partir de la designación del exembajador brasileño en Washington como flamante canciller.Prolongó un encuentro con el vice norteamericano, Joe Biden, en su única reunión bilateral de ayer, en la que ambas partes habrían tratado de dejar atrás rispideces surgidas del espionaje de Washington desnudado por el extopo de la NSA Edward Snowden. Y hoy, el primer encuentro en su agenda oficial es el pautado con el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.Dilma Rousseff ha comenzado su segundo mandato con discursos, promesas y gestos que requerirán de un complejo equilibrio. Tijeras y sensibilidades En su mensaje de toma de posesión de ayer en Brasilia, la jefa de Estado intentó mostrar que acusó recibo de los variados reclamos de quienes no votaron por ella en el apretado balotaje del pasado 26 de octubre. Pero, al mismo tiempo, trató de tranquilizar a quienes la sostuvieron en el poder esperanzados en que las conquistas que se alcanzaron con la llegada al Ejecutivo de Luiz Inácio Lula da Silva son política de Estado y ya no tienen vuelta atrás. Las incógnitas a partir de ahora, que ha comenzado su segunda etapa, pasan por saber dónde y de qué manera utilizará su tijera el banquero reemplazante de Guido Mantega sin que sus acciones se vean como una traición a los compromisos de Dilma y el PT con los más pobres o con la nueva clase media incluida en el llamado sector "C" de la población.El otro interrogante será ver hasta dónde llega el compromiso de su gobierno y del resto de partidos con el combate a negociados y connivencias entre poder político y empresarios poderosos, cuya historia de coimas, sobresueldos y favores mutuos responde a un esquema que tiene décadas de existencia. La reforma política, que los candidatos del año pasado prometieron, compete a todos pero será un desafío especial del nuevo gobierno.