Finlandia y el Estado
Esta crisis del coronavirus trajo consigo la discusión sobre el papel del Estado en la vida de nuestras sociedades modernas. Se ha hablado mucho sobre cómo el régimen chino contuvo la pandemia; cómo Europa, al privilegiar la libertad sobre el control de las personas, se vio desbordada; o sobre la incredulidad e impericia de políticos como Donald Trump y Jair Bolsonaro.
Lo cierto es que esta vorágine en la que nos sumió el Covid-19 nos hizo volver sobre la importancia de contar con un Estado fuerte y presente. Difícil será la tarea de combatir cualquier enfermedad, flagelo o injusticia sin una figura estatal potente.
Pongamos el ejemplo finlandés. En medio de un clima inhóspito, con seis horas de luz en invierno y con un frío que podría congelar a un sudamericano, este país nórdico hace alarde de felicidad y de orgullo. Según Naciones Unidas, Finlandia es la nación más feliz del mundo, y en parte puede deberse a la predominancia que allí tiene lo estatal.
El Estado de bienestar está hecho carne en los ciudadanos y en los políticos del país. “En nuestra sociedad hay equidad, el Estado de bienestar significa que cada persona posee el mismo derecho a la educación y a las prestaciones sociales. Es, además, un país seguro para todos. Creo que debido a esas dos cosas somos tan felices”, comentaba el ex primer ministro, Antti Rinne.
Los finlandeses pagan sus impuestos con la creencia de que todo volverá y que todo funcionará. La presión fiscal de Finlandia es mayor al 40% sobre el producto interno bruto (PIB). En países del entorno, como España, esa presión está en el 34,4%.
La finlandesa es una economía muy industrializada (con la electrónica como bandera) y con matriz en los servicios, que gasta más del 30% de su PIB en protección social para sus ciudadanos. Si uno habla con algún finlandés, lo primero que mencionan es su sistema educativo y su Estado de bienestar.
La educación es pública y gratuita hasta los estudios de doctorado, y es considerada una de las mejores del mundo. Las bondades y las virtudes del sistema educativo finés darían para una nota aparte: los y las maestras deben tener un máster en la materia que enseñan, ya que esta es una de las profesiones más deseadas; cuentan con un plan contra el acoso que es exportado a todo el mundo; los alumnos casi no se llevan deberes a sus casas; y remarcan la educación individualizada y la colaboración entre los centros educativos.
Además, Finlandia es el único país de la Unión Europea (UE) que provee de un hogar a quien no lo tiene. Esa política está basada en que la casa es el primer escalón para recuperar una vida digna. El famoso sistema Housing First, que algunos otros países comienzan a mirar con atención.
Claroscuros
En las últimas elecciones, el gran tema de los votantes fue el cambio climático. El país se perfila para ser neutro en carbono en 2035, rebajando el consumo de combustibles fósiles, promoviendo las energías solar y eólica, y electrificando el transporte público y la calefacción.
Hoy, Finlandia está gobernada por Sanna Marin, una política de 34 años, que se convirtió en la primera ministra más joven del mundo. Por si eso fuera poco, el actual Gobierno está conformado por cinco partidos que están liderados todos por mujeres, cuatro de ellas tienen menos de 35 años.
No obstante, no todo es color de rosas en este país de cinco millones y medio de habitantes. El alcoholismo es un flagelo presente desde hace décadas. De todas maneras, viene descendiendo en los últimos tiempos.
¿Por qué? Porque ahí también intervino el Estado: beber en Finlandia es más caro que en cualquier otro país de la UE, por ejemplo.
La otra cuestión espinosa en Finlandia es el suicidio. Poseen una tasa de suicidios tres puntos superior a la media de la UE (14 por cada 100 mil habitantes), concentrada sobre todo entre los hombres. También en eso están trabajando, y el porcentaje de suicidios viene reduciéndose desde mediados de los años noventa.
Se podría pensar que la felicidad y la menor desigualdad socioeconómica de los finlandeses tienen que ver con sus fuentes de recursos naturales y los beneficios de su economía.
Pero eso no es suficiente. Miremos los países árabes. Por ejemplo, Arabia Saudita, un país extremadamente rico en petróleo, pero marcadamente desigual en distintos ámbitos.
En busca de equidades
Tal vez esta pandemia haya comenzado a dibujar un reclamo de parte de la sociedad a favor de una intervención estatal más profunda para controlar los daños del libre mercado en la provisión de servicios como la salud, la vivienda, la seguridad social, entre otros.
Vivimos en un planeta donde la mitad de la riqueza está en manos de un 1% de privilegiados. Y esa es la discusión de nuestro siglo: las desigualdades.
Comparar países del tamaño de Finlandia con otros como Argentina, México o Brasil puede ser peligroso, pero podemos imaginar que algunas respuestas a nuestros problemas se podrían hallar en la receta finesa: hacer fuerte al Estado y avanzar en políticas públicas desarrolladas en colaboración entre ciudadanos e instituciones.
*Periodista

