Entre el último mensaje de “Marcos” y el último aniversario de las Farc
Por ahora, las Farc prefieren el silencio: aseguran que lo que digan podría ser usado en su contra. Tal vez lo mismo piensa el 60 por ciento de los colombianos que no votó el domingo pasado.
A caballo, con su pipa de siempre, inescrutable tras su pasamontañas, con un machete en vez de su habitual fusil, el “subcomandante Marcos” reapareció tras cinco años hundido en las sombras sólo para anunciar su propia muerte, una muerte tan metafórica como el lenguaje que usó en cada una de sus proclamas políticas, una muerte tan enigmática que para algunos representa la jubilación del guerrillero, mientras que para otros no es más que uno de sus particulares artilugios para llamar la atención sobre las postergadas demandas de los pueblos indígenas de Chiapas, en el sur de México.
“Declaro que deja de existir el conocido como ‘subcomandante insurgente Marcos’, el autodenominado ‘subcomandante de acero inoxidable’. Por mi voz ya no hablará el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN)”, manifestó el domingo pasado el inconfundible vocero de esta agrupación que se alzó en armas contra el gobierno mejicano el primer día de 1994.
Pero con su misma declaración de defunción dio vida a un nuevo personaje, el “subcomandante Galeano”, nombre que utilizaba el guerrillero muerto el 2 de mayo pasado en un enfrentamiento con una organización campesina paramilitar.
La historia de los seudónimos se repite: hace dos décadas, el profesor universitario Rafael Sebastián Guillén Vicente había adoptado el alias de "subcomandante Marcos" en honor a un compañero caído. Desde entonces, el guerrillero del pasamontañas se convirtió en símbolo de resistencia a fuerza de ingeniosos comunicados que daba a conocer el diario La Jornada . A través de cartas, ensayos, conferencias, cuentos, fábulas e incluso caricaturas, reclamó justicia para los pueblos indígenas de México. Las nuevas tecnologías y las redes sociales fueron sus aliadas en su lucha anticapitalista.
Sus reflexiones sobre la globalización incluso eran estudiadas en las primeras clases de la carrera de Comunicación Social de la UNC, en su texto titulado “Oxímoron”, figura lógica que consiste en usar dos conceptos opuestos para forjar uno nuevo.
El año pasado, en uno de sus últimos mensajes, lamentó que los indígenas siguieran sin ser escuchados y que sólo se hablara del EZLN cuando un “barbudo mestizo” como él intervenía. Tal vez por eso decidió matar a “Marcos”. La duda es si seguirá pronunciando su discurso bajo otro nombre, o si su voz se apagará para siempre.
Medio siglo
Otros rebeldes, menos poéticos, también parecen llegar al ocaso de su lucha. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) celebraron la semana pasada sus 50 años de existencia, en pleno diálogo con el gobierno para darles una solución a décadas de violencia.
Que este haya sido el último aniversario de la guerrilla más antigua del mundo depende, en gran medida, de lo que digan las urnas el 15 de junio. El balotaje de las elecciones presidenciales colombianas determinará el destino de las negociaciones que arrancaron a fines de 2012 en La Habana.
Si Juan Manuel Santos logra la reelección, prometió seguir adelante con el diálogo, que ya discurrió sobre tres de los cinco temas de agenda. Hasta propuso subdividir los grupos de delegados para acelerar el proceso. El mandatario aspira a ser recordado como el hacedor de la paz colombiana.
Si resulta ganador Oscar Iván Zuluaga, el destino de la negociación puede ser otro. El candidato de Centro Democrático es el sucesor del expresidente Álvaro Uribe, quien acusa al gobierno actual de “legitimar al terrorismo” por tratar con los guerrilleros. Sin embargo, en una movida de última hora, Zuluaga cambió su rechazo inicial al diálogo y aseguró esta semana que lo mantendrá, aunque con condiciones. Así pretende romper el empate que prevén las encuestas.
Por ahora, las Farc prefieren el silencio: aseguran que lo que digan podría ser usado en su contra. Tal vez lo mismo piensa el 60 por ciento de los colombianos que no votó el domingo pasado. Su abstención envía un mensaje en forma de oxímoron: silencio locuaz.

