La Voz En Vivo. Gustavo Rivara: Fui un fantasma durante un año en la cueva del Helicoide
Tras recuperar su libertad, el argentino relata las condiciones inhumanas de su cautiverio en el centro de detención del régimen venezolano, donde padeció desnutrición, aislamiento y una lucha constante por no perder la razón.
El argentino que permaneció detenido por el régimen venezolano y recuperó la libertad días atrás, Gustavo Rivara, contó a La Voz en Vivo cómo pasó un año en el Helicoide.
Rivara se define como “aventurero”, ya que durante años recorrió el mundo en bicicleta y en velero. A comienzos de 2025, decidió ingresar a Venezuela de manera ilegal para ser testigo de un momento histórico de cambio político, tras las elecciones ganadas por la oposición, pero birladas por el régimen de Nicolás Maduro.
Contó que su infancia estuvo ligada a Córdoba porque su padre trabajaba en la automotriz Renault: “Soy de Buenos Aires, mi papá trabajaba en Renault. Todos los años iba a los campamentos en Córdoba”.
Su travesía se convirtió en una pesadilla cuando fue capturado por el Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). Pasó más de un año recluido, principalmente en El Helicoide, un sitio que describe como una “cueva” donde el tiempo se detuvo y su existencia se borró para el mundo exterior. Hoy, desde Ibagué, Colombia, relata el horror vivido y la resistencia que lo mantuvo en pie.
–¿Cómo fueron las circunstancias de tu detención y qué hacías en Venezuela en ese momento?
–Yo sabía que corría peligro, pero me dediqué a realizar grabaciones. Debemos recordar que el 9 de enero María Corina Machado llamó a una protesta masiva por el robo de la elección. El mundo prometía que se realizaría el juramento o la posesión del poder en territorio venezolano, algo que yo esperaba que ocurriera democráticamente. Aunque todos sabemos que Venezuela no es una democracia y que no iban a entregar el poder de esa manera, yo quería participar en cualquier marcha en la capital y ser protagonista de ese momento histórico hacia la libertad. Lamentablemente, el 9 de enero no hubo actividad en Caracas. Ese día alquilé una moto y fui a los sitios donde la oposición solía reunirse, pero noté que todos los puntos principales estaban tomados por los “colectivos” chavistas. Esa gente es prepotente; montaban escenarios y bailes a propósito para provocarnos. La población, amedrentada por la presencia constante del Sebin, prefirió no salir. En mi caso, al no conseguir una entrada legal al país, me moví de forma ilegal hasta Caracas asumiendo mi responsabilidad. No cometí ningún delito ni crimen; probablemente cometí una falta al entrar así, pero ellos no me permitían el ingreso legal.
–¿Cuánto tiempo estuviste detenido y cuál fue el recorrido inicial que te impusieron?
–Pasé un año y dos días detenido. Estuve un año en El Helicoide y dos días en Barinas, que es donde me atraparon, a unas nueve horas de la capital. Desde allí me trasladaron en un vehículo del Sebin hasta Plaza Venezuela, un sitio donde descansa el aparato represivo de la dictadura y sus altos líderes.
–¿Qué tipo de interrogatorios enfrentaste y a qué sector te destinaron inicialmente?
–El régimen no da explicaciones a nadie, ni siquiera a los venezolanos que tienen cautivos. Secuestran personas por todo el país, las llevan encapuchadas a casas de resguardo para torturarlas o al Helicoide para investigación. En mi caso, fui directo a Plaza Venezuela ante unos líderes y luego a una reunión donde me hicieron pruebas para ver si había manipulado armamento. Me sometieron al polígrafo para ver si decía la verdad, si conocía a gente de la oposición o si trabajaba para algún grupo militar. Finalmente, decidieron llevarme al sector de investigación, un área especial del Helicoide donde pasé tres semanas. Allí compartí seis meses de celda con un ciudadano norteamericano.
–¿Cómo describirías físicamente el lugar donde estabas recluido?
–Estar encerrado en El Helicoide es como estar en una cueva, bajo tierra. Yo estaba al final de un pasillo donde no podía hablar con nadie, lo cual ya es una forma de tortura. Tras pasar tres semanas esposado las 24 horas en el área de investigación, me trasladaron a una celda definitiva. Era un espacio de puerta gruesa, cerrada y sin ventanas. Allí falta el oxígeno por estar dentro de una cueva y uno sufre pesadillas sintiendo que lo ahorcan por esa misma asfixia. Hay momentos en los que sientes claustrofobia al pensar que el rayo de sol más cercano está a cien metros de distancia.
–¿Cuál fue el nivel de tortura que recibiste y cómo afectó tu salud?
–En mi caso, la peor tortura física fue estar esposado permanentemente. Hay otros casos diferentes donde la gente es realmente torturada, golpeada, quemada o directamente desaparecida. Pero para mí, lo peor fue no tener un proceso legal. Que pase un año y no sepas si algún día vas a salir porque no te acusan de nada ni te dicen nada, eso es una tortura. Físicamente, las condiciones eran deplorables. Comíamos apenas una fruta a la semana, por lo que nos faltaba azúcar en el cuerpo. A la cuarta semana de ser trasladado a la prisión, padecí desmayos. Imagino que es un estrés del que uno no se da cuenta, pero sientes trastornos físicos extraños. Yo nunca me había desmayado, pero una mañana, al pararme rápido cuando entraban a la celda, me caí y me golpeé la cabeza. Es una situación que te cambia el metabolismo y el cerebro; tienes que adaptarte como si estuvieras en una nave espacial.
–¿Cómo hiciste para no quebrarte mentalmente ante el aislamiento absoluto?
–Trataba de llevarlo con calma. Hacía ejercicio dos veces al día para mantener una rutina y no volverme loco, porque las horas de la tarde no pasan nunca y te agarra ansiedad. Deseaba comer algo dulce y no tenía nada a la mano. Estuve un año incomunicado; mi familia no sabía si estaba vivo o muerto. Mientras algunos presos reciben visitas a los tres meses, yo estuve un año sin nada. Fui un fantasma, un desaparecido. Ellos dicen: “para los enemigos, ni una toalla”. Mi estrategia para no perder la razón fue no pensar en el exterior. Me concienticé para luchar esa guerra interna y tratar de pensar solo en mí, no en cómo estarían los demás o en lo que pasaba en Caracas. Leía mucho y me puse a escribir; así logré sobrevivir.
–¿Cómo fue la relación con los guardias?
–En ese lugar te tratan según cómo te hagas tratar; yo me hice respetar desde el principio. A muchos chicos les cortan el pelo y hacen con ellos lo que quieren, pero conmigo no pudieron porque les respondí de la misma manera en que me trataron. El primer día me negué a comer porque no tenía un baño disponible y yo quería bañarme. Les dije que hasta que no me permitieran ducharme, no iba a desayunar. Supuestamente, las órdenes de Maduro eran que yo debía “comer bien”. Sus subordinados cumplen lo que dice el líder como si fuera palabra de Dios. Como yo sabía que su punto débil era que yo comiera, los amenazaba con la huelga de hambre para conseguir derechos básicos. Se ponían nerviosos y terminaban dejándonos ir al baño a los cuatro que estábamos en la celda. Fui una piedra en el zapato para ellos. La mayoría de la gente allí tiene miedo por sus familias, pero yo no tenía nada que perder.
–¿Cómo se produjo tu salida y qué mirada tenés hoy del sistema venezolano?
–Nadie en El Helicoide sabe cuándo va a salir. En nuestro caso, la liberación ocurrió el sábado 2 de febrero a las dos de la mañana, tras el episodio de los bombardeos. El edificio se movió, se cortó la luz y sentimos que algo bueno pasaba; todos allí esperan desde hace tiempo una liberación o un rescate. Si no fuera por eso, yo seguiría desaparecido hasta hoy, igual que muchos periodistas y activistas que llevan años allí. Políticamente, el régimen actúa como un grupo mafioso que nunca entregará el poder por voluntad propia. Habrá que arrebatárselo acabando con el aparato represivo que lo sustenta, personificado en figuras como Diosdado Cabello. No existe el traspaso democrático cuando llevan años aferrados al poder de forma fraudulenta.
–¿Qué sigue ahora para Gustavo Rivara?
–Soy un aventurero que ha recorrido el mundo en bicicleta y velero, una persona libre que no concibe vivir sin libertad. No pertenezco a ningún grupo político ni pensaba tomar las armas; solo quería demostrar mi afecto por la democracia. Ahora estoy cerca de Venezuela, en Colombia, porque prometí que estaría pendiente de mis amigos que aún siguen presos en El Helicoide hasta que caiga la dictadura. Mi plan es seguir orbitando Venezuela para volver a entrar algún día.

