El peor temor
Europa ve los estertores del Estado de bienestar; EE.UU., el del sueño americano que no fue.
¿Existe algo en particular a lo que le tema la humanidad en general? Durante la Guerra Fría, el peor temor fue claramente la amenaza nuclear; en tiempos de fanatismos varios, como el que nos toca, podríamos decir que las guerras religiosas o el terrorismo disfrazado de religión son la peor amenaza que nos acecha. ¿Es así?
Para dilucidar esta incógnita el Pew Research Center (PRC) realizó una encuesta mundial cuyos resultados se dieron a conocer días atrás. El sondeo se realizó en 44 países e involucró a 48.643 personas.
A la pregunta ¿a qué teme más?, correspondían cinco alternativas para responder: odio religioso y étnico, desigualdad, contaminación y medio ambiente, armas nucleares y VIH y otras enfermedades.
Las conclusiones difieren según la zona geográfica y no dejan de ser sorprendentes en algunos casos.
En Europa y Estados Unidos el peor temor es la desigualdad (32 por ciento y 27 por ciento, respectivamente).
En América latina lo que se advierte como más peligroso para la humanidad son las armas nucleares (26 por ciento), seguidas de la contaminación ambiental (25). En el caso argentino en particular, 32 por ciento considera que la desigualdad es el peor de los problemas.
En Asia, el principal peligro global está encarnado por la contaminación ambiental (22 por ciento), seguido de cerca por las armas nucleares (21 por ciento).
En África, como no podía ser de otra manera, lo que genera más miedo son el sida y otras enfermedades infecciosas (24 por ciento).
En Medio Oriente, y como tampoco podría haber sido de otra manera, el odio religioso y étnico representa la peor amenaza (34 por ciento). El PRC aclara que la encuesta se hizo antes del avance del Estado Islámico en Irak y Siria.
Otros tiempos, otros miedos
Llama la atención, en este cuadro, la percepción de la desigualdad como un peligro por parte de europeos y estadounidenses, precisamente las dos regiones de mayor progreso socioeconómico del mundo.
Los primeros vivieron el Estado de bienestar y son testigos de su lenta pero permanente decadencia, sobre todo a partir de los años ’90. El problema no se refleja solamente en las calles, en la mayor cantidad de inmigrantes pobres y de ciudadanos sin hogar, sino puertas adentro.
La crisis se siente en carne propia cuando los hijos adultos no se van de la casa materna porque no pueden, y cuando los padres de esos hijos ven peligrar sus ahorros, o peor aún, sus ingresos. Lo sienten más los ciudadanos griegos y españoles, los más golpeados por la crisis.
Esa misma gente ve azorada cómo la brecha que separa a las elites económicas del resto de la ciudadanía se ensancha en la misma proporción en la que se achica la distancia que separa a la clase media de los más pobres.
En Estados Unidos, la clase media lleva no menos de seis años contrayéndose. La crisis de 2008 la golpeó brutalmente. Los desalojos y remates de viviendas, producto de la explosión de la burbuja inmobiliaria y las hipotecas subprime, afectó mucho más a gente de clase media baja y baja.
Hasta el año 2008, la cantidad de estadounidenses que se consideraban clase media era de 53 por ciento; hoy es del 44 por ciento, según otro estudio del PRC.
En 2012 había en ese país casi 47 millones de pobres, 27 por ciento de los cuales eran negros, a pesar de que la población de origen africano es apenas el 13 por ciento del total. Según el diario The Wall Street Journal, hay 5.500.000 desempleados que no reciben ningún seguro para subsistir.
Los europeos están presenciando los estertores del Estado de bienestar; los estadounidenses, el sueño americano que no fue. ¿Alcanzará el miedo para revertir este diagnóstico?

