El nacimiento del hombre sin rostro
Un documental que presenta hoy la BBC recuerda los años de Vladimir Putin como agente de la KGB en Alemania Oriental.
Cualquiera que pretenda entender a Vladimir Putin necesita conocer lo que le sucedió una dramática noche en Alemania, hace 25 años, cuando caía el Muro de Berlín. Así presenta Chris Bowlby su documental sobre los años de Putin en Alemania Oriental, cuando se fogueaba como agente de la KGB, el servicio de Inteligencia soviético.Putin había llegado a Dresde a mediados de la década de los '80 para su primer puesto en el extranjero como agente de la KGB. La República Democrática Alemana (RDA), o Alemania Oriental, era un Estado comunista creado en la zona ocupada por los soviéticos luego de la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente, allí se concentraba la mayor cantidad de espías por kilómetro cuadrado del mundo.El poder soviético ponía de esta manera un pie casi en el corazón de Europa.El trabajo de Putin, al comienzo, era bien burocrático. Nada del glamour que había soñado para su carrera de espía. En cambio, participaba de infinidad de reuniones sociales para celebrar los lazos soviético-alemanes.En lo personal, Putin y su mujer de entonces, Ludmila, encontraban a Dresde mucho más atractiva que su Leningrado original. "La ciudad está limpia y los vecinos lavan los vidrios de sus ventanas una vez por semana", decía Ludmila muchos años después en una entrevista. No se les escapaba que los espías alemanes ganaban bastante más que ellos. Eso se les hizo evidente porque compartían un típico monoblock con otros agentes de la KGB y también de la Stasi, el servicio de Inteligencia de Alemania Oriental. Vivían todos juntos.Como en todos los países comunistas, los sectores privilegiados tenían acceso a placeres vetados al proletariado. Uno de los colegas cuenta que el hoy presidente ruso disfrutaba de hojear catálogos de compra de ropa por correo de Europa Occidental.Otra diferencia con la URSS era que en la RDA existía más de un partido político, aunque ninguno despegado del tutor comunista. El biógrafo alemán de Putin, Boris Reitschuster, asegura que ese es el modelo con el que el actual presidente aspira a transformar a Rusia: varios partidos, pero que no signifiquen una amenaza a su poder.Asegura el biógrafo que para Putin eso era lo más cercano al paraíso; por eso, el otoño boreal de 1989, las movilizaciones populares y la caída del Muro le causaron una impresión tan negativa que marcaron su comportamiento posterior como político. Empieza la rebelión El documental recuerda que en octubre de ese año cientos de alemanes del Este habían conseguido asilo en la embajada de la República Federal de Alemania en Praga y se les permitió viajar hacia el oeste en trenes sellados, despachados especialmente y que no pararían por el camino. Pero cuando pasaron por Dresde, una multitud trató de romper los cordones de seguridad para intentar subirse y escapar. El desorden se convirtió en caos; eran tres mil personas, pero parecía que toda la población quería subirse al tren y estaba dispuesta a cualquier cosa para lograrlo. Las autoridades comunistas confiaban en un destacamento de tanques soviéticos a los que podrían recurrir en caso de desmadre total. El 5 de diciembre, las marchas y manifestaciones que no se habían agotado con la caída del Muro, el 9 de noviembre, encararon hacia los cuarteles generales de la KGB y la Stasi en Dresde.Putin, sus superiores y camaradas también creían que en caso de emergencia los tanques irían en su ayuda. Pero no ocurrió. La orden tenía que llegar desde Moscú, y Moscú permaneció en silencio. "Nadie movió un dedo para defendernos", dijo después. En realidad, tanta falta no hacía, porque cuando los manifestantes llegaron hasta la KGB, él mismo salió a advertirles que si entraban al edificio, sus camaradas dispararían. Y con eso alcanzó; los manifestantes se fueron.Reitschuster describe ese momento como crucial en la vida de Putin. "El silencio de Moscú lo persiguió durante años, hasta que él mismo se convirtió en Moscú, en el presidente de Rusia". Ahora, nadie puede decirle que no.Lo peor estaba por venir. Tuvo que escuchar al canciller alemán, Helmut Kohl, elogiar a Mijail Gorbachov, el hombre en Moscú que no había movido un dedo, y soportar que la gente lo ovacionara.Después, su paraíso político se desplomó. La sobrepoblación de espías ya no tenía sentido. Los ex-Stasi se reconvirtieron y los ex-KGB volvieron a la todavía URSS. Él y Ludmila regresaron a Leningrado, que comenzaba a recuperar su nombre de San Petersburgo. Llevaban en el auto un lavarropas viejo (un lujo para los soviéticos) que le habían regalado sus amigos alemanes.Masha Gessen, también biógrafa y crítica de Putin (autora de El hombre sin rostro ), estima que "se encontró a sí mismo en un país que había cambiado de un modo tal que no entendía y no quiso aceptarlo". Con sus contactos del espionaje y la política, rusos y alemanes, muchos convertidos rápidamente en empresarios, comenzó a tejer una red de poder. Y en apenas 10 años se convirtió en el dueño de todo.Reitschuster asegura que la experiencia alemana forjó sus ambiciones políticas y personales, las que lo llevaron a ser el hombre más poderoso y uno de los más ricos de Rusia.Por sobre todo, remarca, le dejaron una enorme inquietud respecto de la fragilidad de las elites políticas y de cómo pueden ser fácilmente desplazadas por la gente. De más está decir que no está dispuesto a que a él le pase lo mismo.

