Las dos miradas de Francisco
El “debe” de Francisco es más pesado. Falta un mayor compromiso con los que sufren violencia, persecución y con quienes son excluidos de modo arbitrario de los lugares donde habitan.
Desde el mismo momento en que fue elegido, Francisco, el Papa argentino, demostró que su accionar tiene dos miradas bien diferentes. Una para nuestro país, en cuya vida política interna participa de manera activa a través de mensajes tácitos vinculados con los personajes que decide recibir o no en el Vaticano y con el tiempo de duración de la entrevista. Otra externa, caracterizada por visitas a distintas partes del mundo, donde siempre fue muy cuidadoso de generar irritación. Un ejemplo de su diplomacia en otros países fue su viaje a Cuba, donde clamó en la misa celebrada en Santiago por “una Iglesia que salga de casa para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliaciones”. Pero también se reunió con el entonces líder de la revolución Fidel Castro por más de 40 minutos, intercambiando libros y sonrisas. Se avanzó en cuestiones menores, pero nada se habló, al menos en público, de los presos políticos del régimen.
PRIMER PLANO. Francisco, en un camino entre lo simbólico y lo profundo
Sí tuvo un discurso más incisivo en las Naciones Unidas, en el marco de su visita a Estados Unidos, donde solicitó al organismo respetar y aplicar los estatutos que lo regulan “con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones”, sin utilizarlas “como un instrumento para disfrazar intenciones espurias”.
Sin embargo, el Vaticano no usó su enorme poder de persuasión para presionar a las grandes potencias y coadyuvar de esa manera a encontrar una solución a la tremenda crisis humanitaria por la que pasa todo Medio Oriente, con sus cientos de miles de muertos y refugiados.
Su exhortación a eliminar en el mundo entero la pena de muerte no tuvo el eco esperado. Por el contrario, esa práctica y otros modos de violencia crecieron de forma significativa en estos años. Claro que ello no es atribuible a Francisco, pero sirvió para que le quedara claro que con buenas intenciones, acercamiento a los fieles y discursos voluntaristas no alcanza para cambiar una realidad dura y compleja.
Tampoco hubo reacciones positivas frente a sus críticas a la globalización y la súplica para que el viejo sueño de Martin Luther King sea una hecho. “La igualdad de oportunidades” no logró la repercusión esperada. Como si eso fuera poco, los pederastas con sotana y los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia Católica lo tuvieron a maltraer y lo obligaron a distraer su labor pastoral.
Como hechos positivos, se pueden destacar el impulso y el optimismo que generó entre los católicos practicantes, en especial en los jóvenes. También es destacable la “humanización” de su figura, a la que el papa móvil blindado había transformado en celestial e intocable; el intento de construir un puente con la Iglesia Ortodoxa fue un paso valioso, aunque haya perdido fuerza.
El “debe” de Francisco es más pesado. Falta un mayor compromiso con los que sufren violencia, persecución y con quienes son excluidos de modo arbitrario de los lugares donde habitan. También será necesaria una participación más activa como jefe de Estado en cuestiones que ponen en riesgo el futuro de la humanidad y en generar medidas de prevención para evitar pederastas y pedófilos entre sus filas. Quizá sea mucho pedir, pero son las obligaciones irrenunciables de la máxima autoridad de la Iglesia Católica.
*Doctor en Ciencia Política

