De regreso a la “guerra tonta”
Obama usó el abandonado concepto de genocidio para justificar los ataques contra los yihadistas en Irak.
Durante la era Bush (hijo), acabar con supuestas armas de destrucción masiva o encontrar a Osama bin Laden para llevarlo a juicio eran argumentos suficientes para justificar la guerra. En la era Obama, el presidente que ganó el Nobel de la Paz por dar al mundo “esperanzas en un futuro mejor” y por su “extraordinario esfuerzo en fortalecer la diplomacia internacional” fundamenta hoy los bombardeos contra yihadistas en Irak con un concepto que parecía enterrado en Washington: el genocidio.
“Podemos actuar, de forma cuidadosa y responsable, para prevenir un acto potencial de genocidio”, dijo el jueves, tras anunciar que había autorizado ataques aéreos en Irak, ese inestable y lejano país por el que acusó a su predecesor de librar una “guerra tonta” en la que murieron casi 4.500 estadounidenses.
El retorno de las acciones militares en suelo iraquí representa otra adversidad en la política exterior de Obama: se suma a la ineficacia para hacer dialogar a israelíes y palestinos, como así también a la sospechosa inacción contra el régimen sirio de Bachar al Assad.
“No nos olvidemos de lo que pasa en Irak, con el Estado islámico que acumula poder, que amenaza la hegemonía chiíta lograda en la era post-Saddam y que intenta recrear un califato islámico mundial, según declara. Pareció absurdo al principio, pero este grupo avanza incluso en Siria. No es casual que Occidente dejara tranquilo a Al Assad: ve que puede asumir un enemigo mucho peor”, explicaba hace unos días a este periodista el profesor Yosi Goldstein, de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Ese “enemigo peor” llevó a Obama a reincidir en Irak, algo que la oposición republicana, pese a apoyarlo, usa también para criticarlo: lo acusan de haberse precipitado al retirar todas las tropas para terminar con la impopular guerra.
Ante estos reproches internos y ante la mirada del resto del mundo, el mandatario decidió enarbolar la bandera de la prevención de un genocidio, pese a que la Casa Blanca se ha caracterizado por su inacción ante este tipo de crímenes durante el siglo 20. Desde las matanzas de armenios en la Primera Guerra Mundial hasta el genocidio ruandés en 1994, pasando por las carnicerías de los Jemeres Rojos en Camboya y el gaseo de kurdos durante el gobierno de Saddam Hussein en la década de 1980, poco fue lo que hizo Estados Unidos para frenar el horror, ya sea por cuestiones estratégicas, intereses oscuros o inexcusable ceguera.
Sin embargo, esta vez el peligro de genocidio parece importar porque están en juego la imagen de Obama y su legado.

